Características de la Guerra Restauradora, 1863-1865*
Emilio Cordero Michel**
Para tratar este tema tendré que referirme, ligeramente, a sus antecedentes, a la Anexión a España, acontecimiento que ocurrió en un momento histórico en el que existía una coyuntura internacional muy especial.
En efecto, Europa se encontraba sacudida por una de las crisis cíclicas del capitalismo, que ya había señalado Carlos Marx. España intentaba reconstruir su imperio colonial con Leopoldo O´Donnell y el Partido Unión Liberal con las expediciones militares a las costas africanas, y el interés de reincorporar a Santo Domingo para garantizar la posesión de sus últimas colonias en América: Cuba y Puerto Rico. Por otro lado, Francia se había embarcado en la aventura colonial de Cochinchina y se preparaba para ocupar a México, mientras Inglaterra se expandía en la India y, poco a poco, iba controlando el mercado mundial. Por ultimo, en los Estados Unidos, donde, desde diciembre de 1860, con la separación de Carolina del Norte de la Unión, se había formado la Confederación de los 14 Estados, en abril de 1861 se inició la guerra de secesión que duró cinco años.
Por esa situación internacional, la correlación de fuerzas en el Caribe favorecía a España, ya que Francia, Inglaterra y Estados Unidos de América confrontaban poblemas que mantenían a sus gobiernos ocupados en solucionarlos. Fue por ello que, aprovechando las reiteradas propuestas anexionistas del presidente Pedro Santana, representante de una clase social que nunca creyó en la viabilidad del Estado dominicano y desde la separación de Haití, en 1844, procuró el protectorado o la incorporación a una potencia extranjera, se pudo efectuar la Anexión a España.
Ahora bien, ¿cuál era la situación del país en ese momento? Según el cónsul español, la población ascendía, en 1860, a 186,700 habitantes, cifra que algunos hacían subir a 250,000, de los cuales el 80% era mulato o negro y el 20% blanco.1 El secretario de lo Interior de Buenaventura Báez, Manuel María Gautier, señaló a la Comisión Senatorial Norteamericana que estuvo aquí en 1871, basado en fuentes del tribunal eclesiástico sobre la distribución de las parroquias, una población de 207,000 personas, ubicadas por provincias y comunes que podrían reunirse de la siguiente manera: Santo Domingo, 41,400 representando el 20%; El Seibo, 28,900 representando el 13.9%; Azua, 36,000 representando el 17.44%; el Cibao y la Línea Noroeste, 89,100 representando el 43.1%; Puerto Plata y Monte Cristi, 9,500 representando el 4.6% y Samaná y Sabana de la Mar, 2,100, representando el 1%.2 En total, la zona oriental tenía el 33.9%; Azua, el Cibao, La Línea Noroeste y el norte, el 65.1%. Es decir, casi dos tercios de la población total residía en los territorios que sirvieron de escenario a las acciones militares de la guerra restauradora
La producción era muy limitada porque descansaba, fundamentalmente, en el tabaco cibaeño, cuya cosecha llegaba a 60,000 u 80,000 quintales anuales, dependiendo de las benignidades del clima y de la situación política, que se exportaba a los mercados europeos; algún café que se comenzaba a cultivar en el Cibao y en el Sur; poca cantidad de azúcar; 100 mil galones de miel de abejas; 6,300 quintales de cera; 3,400,000 pies de caoba y maderas preciosas; 4,000 cabezas de ganado mayor en pie, y cueros tanto vacuno como caprino.3
De un cuadro que he elaborado, basado en diversas fuentes, de los valores de los productos exportados en los años 1862 y 1863, se desprende que el Cibao aportó el 65% del valor total de las exportaciones, desglosado así: tabaco, 35%; café, 3%; cacao, 4%; azúcar, 4%; maderas, 9%; miel y cera, 7%; y ganados y cueros, 3%. En total, el Cibao, la Línea Noroeste. Puerto Plata, Monte Cristi y el Sur exportaron productos que representaron casi los dos tercios del valor total. Parte del Sur y el Este solamente exportaron: maderas, 15%; ganado y cueros, 15%; miel y cera, 3%; y café, 2%; un 35% del valor total.
Si se analiza el origen de los renglones de exportación se verá que el 66% estaba constituido por productos naturales. Esto es: que con ninguna o muy poca actividad del hombre se cortaban los árboles que nadie sembraba; se criaba ganado vacuno, caballar, mular, asnal, caprino, ovino y porcino sin técnica ni cuido alguno; se obtenía miel de abejas y cera que nadie atendía porque eran cimarronas. Solamente el tabaco, café, cacao y la caña de azúcar representaban el inicio de un tímido desarrollo precapitalista en el país. Con sobradas razones, el último capitán general, gobernador y comandante en jefe del derrotado ejército español, el mariscal José de La Gándara dijo que:
“La agricultura puede decirse que no existe; pues á excepción de unos 60,000 quintales de tabaco que se recolectan en las provincias de Santiago y Concepción (de La Vega, ECM), y una corta cantidad de café de superior calidad en las del Sur, que se exporta para el extranjero, no se cultiva ningún otro producto, a pesar de la facilidad con que se obtendrían todos con la mayor abundancia; no hago mención del azúcar porque escasamente se fabrica el necesario para el consumo de la isla”.4
La situación monetaria era grave. Las fraudulentas emisiones de papeletas realizadas por Buenaventura Báez, en los años 1857-1858, no habían sido redimidas y se devaluaban día a día, lo que provocaba el descontento de la población y un creciente y desalentador retraimiento económico.
El cónsul inglés que sustituyó a Sir Robert H. Schomburgk, Martín T. Hood, informó a la cancillería británica que Santana inició, desde diciembre de 1860, una política de desarmar al pueblo y que cuando se proclamó la Anexión, el 18 de marzo de 1861, ya en el país había unos 2,000 soldados y oficiales españoles que fueron reforzados, en lo inmediato, con 6,000 hombres comandados por el brigadier Antonio Peláez Campomanes. Esa fue la gran traición de Pedro Santana, eclipsar la soberanía nacional y convertir el país en un territorio ultramarino español, por lo que recibió los siguientes premios: nombramiento de teniente general de los ejércitos reales, con sueldo; designación de gobernador y capitán general de la colonia, con sueldo; nombramiento de senador honorífico del reino; título de marqués de Las Carreras; caballero de la gran cruz de Isabel la Católica, con sueldo y una pensión vitalicia de 12,000 pesos españoles anuales.
La Anexión provocó inmediatas protestas armadas: en San Francisco de Macorís, el 23 de marzo; en Moca, el 2 de mayo, aplastada a sangre y fuego por Santana; y la expedición del patricio Francisco del Rosario Sánchez y el general José María Cabral que culminó con el fusilamiento del primero y parte de sus compañeros. Esos movimientos oposicionistas fracasaron en la consecución de sus objetivos patrióticos porque no contaron con apoyo popular como ocurrió dos años después. De los países hermanos de América Latina, solamente tres manifestaron su protesta ante la Anexión: Haití, bajo la presidencia de Fabré Geffrard, el gran amigo de los restauradores, Chile y Perú.
El gobierno de la Anexión no cumplió con las promesas que había hecho España de desarrollar económicamente el país y promover el bienestar de la empobrecida población. Implantó medidas, algunas desconocidas en la sociedad dominicana, que provocaron un enorme disgusto en la mayoría de los sectores sociales y originaron el levantamiento popular de 1863. Entre las disposiciones que más irritación produjeron estaban:
* No fomentar la producción agrícola y minera;
* Monopolizar la comercialización de todas las mercancías de uso y consumo en
manos de españoles, coartando la libertad de comercio;
* Establecer el estanco del tabaco cibaeño a unos 40 a 50 mil quintales con lo
que el comercio de la hoja fue controlado por la metrópoli;
* No amortizar totalmente el papel moneda por la lentitud en la conversión y no
cambiar las papeletas por monedas de oro y plata, sino de cobre;
* No construir, como había ofrecido España en las negociaciones de Santana con
el general Francisco Serrano, capitán general y gobernador en Cuba, puertos,
ferrocarriles, carreteras y canales para hacer navegables los ríos Yuna y Yaque
del Norte;
* Implantar aranceles de importación en favor de mercancías españolas a las que
se cobraba el 9% de su valor, mientras que las de otros países pagaban el 30
y el 35%;
* Monopolizar en beneficio de buques de matrícula española el transporte de
todos los bienes exportados e importados;
* Cobrar compulsivamente un impuesto del 4% sobre la renta anual producida
por las propiedades urbanas y rurales;
* Recolectar anualmente, conforme a la ley de patentes dictada al efecto, una
suma determinada a los profesionales liberales, comerciantes, pequeños
industriales, etc.;
* Crear una burocracia española con altos sueldos que desplazó a la burocracia
dominicana, particularmente santanista;
* Establecer el trabajo forzado de los campesinos en la construcción y
mantenimiento de caminos;
* Imponer el servicio de bagajes y alojamiento de tropas, que consistía en que
los soldados españoles, para movilizarse o trasladar abastecimientos y
pertrechos, quitaban a los campesinos sus bestias y las devolvían, si acaso
lo hacían, flacas, enfermas y destrozadas. Igualmente era obligatorio para los
campesinos alojar a las tropas españolas que pernoctaban en cualquier casa o
rancherío; y
* Establecer, mediante ley, la censura a la prensa y a las imprentas;
Estas disposiciones no solamente disgustaron a los dominicanos, sino que causaron tan grave perjuicio a la agricultura y a la producción del tabaco, que incidía de manera tan determinante en el PNB nacional, que frenó el proceso de desarrollo de la economía mercantil simple que imperaba en el Cibao y zonas aledañas.
Pienso que quizás más importantes que las disposiciones económico-políticas implantadas por el gobierno colonial anexionista, fueron las de carácter social y moral que afectaron contundentemente a todas las clases sociales: a la oligarquía (hateros y latifundistas, dueños de cortes de madera, grandes comerciantes, clero católico y a los altos burócratas); a la pequeña burguesía (medianos y pequeños dueños y productores agrícolas, medianos y pequeños comerciantes, bajos burócratas y profesionales liberales, dueños de talleres artesanales y oficiales del ejército); y a los obreros agrícolas, artesanos, soldados y desempleados). Se intentó:
* Prohibir las reuniones, la libertad de expresión y de movimiento, así como
todas las manifestaciones de las libertades públicas;
* Imponer leyes de ornato desconocidas en el país que se aplicaron, arbitraria y
militarmente, como es el caso de la recogida de la basura en Santiago, dirigida
de madrugada por el arbitrario general Manuel Buceta;
* Proscribir los amancebamientos que eran -y siguen siendo en la actualidad- la
manera en que la mayoría de las parejas dominicanas se une y exigir la
obligatoriedad del matrimonio religioso;
* Discriminar a los sacerdotes extranjeros y dominicanos reduciéndoles sus
ingresos y sustituyéndolos por peninsulares;
* Perseguir y prohibir las creencias religiosas que no fueran las orientadas por el
Vaticano, así como a los masones que fueron considerados herejes y cuyas
logias fueron cerradas. El obispo Bienvenido Monzón, cual feudal inquisidor,
hostigó a los protestantes sin tomar en consideración que la mayoría de la
población de Puerto Plata y casi toda la de Samaná practicaba creencias
bautistas, metodistas, anglicanas y wesleyanas; y
* Establecer una brutal y casi desconocida discriminación racial en el seno de
una sociedad en la que más del 80% era negra o mulata
A mi modo de ver, esa política de discriminación racial fue la que aumentó la agudización de las contradicciones hasta llevarlas a un nivel explosivo. Burócratas, oficiales y soldados que venían de Cuba y Puerto Rico no podían aceptar la igualdad con negros y mulatos dominicanos. El mariscal La Gándara fue quien lo destacó al afirmar:
“Los oficiales y soldados del ejército peninsular, así como los empleados que España mandó á su nueva Antilla, acostumbrados á considerar la raza negra y a los mestizos como una especie de gente inferior, no se recataron en manifestarlo ni era posible impedirles que lo hiciesen en las intimidades de la vida social. Aconteció con frecuencia que los blancos desdeñasen el trato con los hombres de color ó que repugnaran su compañía. En ocasiones hubo algún blanco de decir á un negro que si estuviera en Cuba ó Puerto Rico, sería esclavo y podrían venderlo por una cantidad determinada”.5
En otro sitio añadió:
“(...) la cuestión de la raza venía a dificultar o imposibilitar la interpolación en los cuadros respectivos de un gran número de generales y jefes de color. El soldado y raso español no podía darse cuenta de que realmente fuera general o coronel el negro ó mulato que detrás de un mostrador le regateaba un objeto de comercio”.6
Por ello, los militares dominicanos se sintieron más que humillados cuando compararon su situación con la de los militares españoles que percibían cuatro y hasta cinco veces más salario. Aunque casi todos los oficiales dominicanos apoyaron a Santana en sus proyectos anexionistas, cuando vieron el territorio nacional hollado por la soldadesca española y comenzaron a sufrir en carne propia los efectos de la política económica y fiscal del gobierno colonial, agravada con la suspensión de las libertades públicas y la discriminación racial y religiosa, dieron inicio a los intentos restauradores de comienzos de 1863 que culminaron con el estallido revolucionario y popular del 16 de agosto de ese año.
En el mes de febrero de 1863 ocurrieron varios levantamientos armados que fracasaron en sus intentos por restaurar la república. El primero fue el de Neyba, el día 3, dirigido por el general Cayetano Velásquez; el segundo fue el de Guayubín, el día 17, dirigido por los coroneles Lucas de Peña, Benito Monción, Norberto Torres y el general Juan Antonio Polanco; el tercero fue el de Sabaneta, el día 23, dirigido por los generales Santiago Rodríguez, José Cabrera y Pedro Antonio Pimentel y el futuro héroe Gregorio Luperón; el cuarto fue, el mismo día, el de Monte Cristi y Dajabón y; el quinto, el día 24, el de Santiago, cuando se intentó tomar la Fortaleza San Luis. Casi todos los conspiradores de este último intento insurreccional fueron apresados, juzgados y condenados a muerte algunos y otros a sufrir penas de confinamiento en Ceuta, isla-prisión de la que rarísima vez salía con vida un prisionero político.
En Santiago fueron fusilados: el poeta Eugenio Perdomo; el capitán Pedro Ignacio Espaillat; el coronel Carlos Lora; el comandante Miguel Pichardo; el general Pedro Batista; el coronel Pierre Tomas y el zapatero Ambrosio Cruz. Fueron condenados a diez años de prisión en Ceuta: Sebastián Valverde; Pablo Pujols; Julián Belisario Curiel; Juan Luis Franco Bidó; Alfredo Deetjen; Ulises Francisco Espaillat y otros integrantes de la pequeña burguesía cibaeña
Esos movimientos fracasaron porque España reaccionó con rapidez y mano dura. La actuación militar en la Línea Noroeste y zona fronteriza del coronel Juan López Campillo, conocido por su crueldad, y del brigadier Buceta, más brutal que éste, aplastaron esos intentos restauradores. Sin embargo, los que pudieron escapar, como Santiago Rodríguez, José Cabrera, Benito Monción y Pedro Antonio Pimentel, se refugiaron en Haití y, con la ayuda de Fabré Geffrard, se mantuvieron activos haciendo incursiones a través de la frontera desde febrero hasta el l6 de agosto, fecha en la que un grupo de 14 hombres izó en Capotillo la bandera nacional e inició la Guerra Restauradora.
Ese pequeño grupo se dividió: Rodríguez y Cabrera reunieron y comandaron 80 hombres; Pimentel, 40 y Monción 36. Esos 116 restauradores fueron los que derrotaron a Buceta y al coronel López Campillo, obligando al primero a huir desesperado por toda la Línea Noroeste, después de haberlo derrotado en Doña Antonia. Al anexionista general dominicano José Hungría, lo derrotó Monción en El Pino, lo que determinó que José Antonio Salcedo (Pepillo), quien era coronel en ese momento, y Juan Antonio Polanco tomaran a Monte Cristi y Dajabón. Ese fue el momento en el que el hermano de Juan Antonio Polanco, el general Gaspar Polanco, que estaba en las filas anexionistas adscrito a las reservas, se incorporó al movimiento revolucionario restaurador.
Los restauradores marcharon hacia Santiago, tomaron la ciudad luego de desalojar de El Castillo a las tropas españolas y se inició el sitio de la Fortaleza San Luis donde se habían atrincherado las tropas anexionistas y refugiado decenas de familias hispánicas. La fortificación no pudo ser tomada y en el curso de los combates Santiago fue incendiada. Se discute todavía quién le dio fuego. Algunos aseguran que fue el brigadier Buceta, al disparar varios cañonazos con trapos empapados en brea sobre las casas de la ciudad que estaban, en su casi totalidad, techadas de yagua y canas y eran de maderas, según consta en el informe de una comisión investigadora nombrada por el Gobierno Provisional Restaurador.7
Considero que pudo haber sido Gaspar Polanco, una especie de Dantón dominicano que aplicó la tea revolucionaria en todas partes, quien incendió a Santiago. Es bueno recordar que los restauradores no solamente incendiaron a Santiago, sino que también destruyeron con el fuego a parte de Puerto Plata, a Monte Cristi, a Barahona, a San Cristóbal, a parte de Baní, a Azua, a Neyba y a todos los villorrios por los que pasaban cuando retrocedían para emboscar a los españoles o para provocar que los persiguieran para alejarlos de sus bases de abastecimiento. Cuando en las campañas militares los restauradores se retiraban, no dejaban a sus espaldas nada que pudiera servir al enemigo: destruían los cultivos; mataban los animales domésticos que no se podían llevar; quemaban los ranchos, almacenes y viviendas. Era la táctica de la tierra arrasada y de la tea.
El capitán español de infantería Ramón González Tablas fue bien explícito al referirse a la táctica de la tea y de la tierra arrasada:
“(...) ¿En qué lugar, con poco coste y ventaja de la fuerza material y moral podrán descansar los fatigados, cuidarse los heridos y organizarse los recién llegados, sean éstos procedentes de las otras Antillas o bien del ejército de la Península? Por ninguna parte y en ninguna, preciso es decirlo, absolutamente en ninguna, porque dejándose indefenso todo lo que le queda a la espalda de este ejército valiente que avanza, podrá apenas llegar a su noticia cuando logre sin duda pisar victorioso la frontera haitiana, que el camino que viene de recorrer tiene por metas sucesivas o por etapas los ceniceros en que han dejado las ciudades que vivían todavía a su frente, por la sola influencia de la ofensiva, en la lucha inicial, ofensiva que es en esta ocasión sumamente precaria”.8
Además de esta táctica de tierra arrasada y de la tea, los restauradores emplearon otra que desquició a los estrategas militares españoles: la guerra irregular de montaña o guerrillera. Las tropas españolas la sufrieron cuando la columna del brigadier Primo de Rivera y el coronel Cappa marchó de Puerto Plata a Santiago para rescatar a los sitiados en la Fortaleza San Luis y llegó a dicha ciudad después de tener más de 1,300 bajas. Constantemente esa columna fue atacada por Salcedo y Luperón por la vanguardia, la retaguardia y los flancos con la táctica guerrillera. Una carta de un teniente español a un compañero describe con gran dramatismo la forma empleada por los dominicanos para combatir a ese cuerpo de ejército:
“Puerto Plata, 26 de septiembre de 1863. Mi querido K. (...) Extrañaras que ni una broma se me ocurra en esta carta conociendo mi carácter, que aún en grave peligro de morir, me he reído hasta de mí mismo. Pues bien, ya no me río. Aquí sólo se piensa en morir. Esto es cien mil veces peor que nuestra guerra civil, que Sebastopol y que todo; basta saber que en media hora de fuego perdió el batallón de Isabel II diez y nueve oficiales y el de la Corona trece. Si preguntas por la segunda compañía del batallón de San Quintín, te dirán que se ha mudado de barrio; sólo quedó el subteniente D. Juan Rueda, y eso porque estaba en Puerto Plata; los demás están comidos de los cerdos en Guayubín. De la tercera del mismo batallón sólo quedó el subteniente Uria porque también estaba en Puerto Plata. La primera de Isabel II sólo tiene 20 hombres, los demás han muerto. Nuestros soldados en todas partes se baten con un valor admirable, pero en cuanto queman el último cartucho mueren. Aquí no vale el valor ni nada, porque nos batimos con los árboles. Me explicaré: el terreno está cubierto de una vegetación imposible de describir. No hay caminos, se anda por los cauces de los ríos, de monte en monte y de precipicio en precipicio. Todo el país es un desfiladero. Pues bien; sale una columna y se le echan encima trescientos o cuatrocientos hombres, que conocedores del terreno y parapetados en los inmensos árboles, hacen fuego por los flancos, por vanguardia y por la retaguardia. Te ciñen en un círculo de fuego que si avanzas, avanzan; si retrocedes, retroceden. Detrás de cada árbol hay un fusil que vomita la muerte. No hay momento seguro. Oyes silbar las balas y no sabes de dónde vienen (...) esto es horroroso, K. (...) Por último, aquí no se bate uno, lo que se hace es morir, te repito” 9
Por otro lado, el citado capitán González Tablas, que siempre combatió al frente de sus tropas, señaló que:
“El sistema de guerra que adoptaron los dominicanos fue (...) el que se llama de guerrillas y emboscadas y cuyo principal papel está reservado a la infantería. Si en todas partes es este sistema funesto para el invasor, en ninguna lo puede ser tanto como en Santo Domingo, que puede asegurarse que es un bosque continuado de portentosa frondosidad. Emboscados los enemigos a orillas de las sendas que a uno y otro lado están cerradas por altísimas paredes de follaje, esperaban seguros el paso de las tropas, elegían impunemente sus víctimas, disparaban sobre ellas y se deslizaban por la espesura.
Al principio era de un efecto terrorífico aquello de que marchando una columna se oyese un tiro que parecía escapado y se supiese que había matado a un jefe u oficial. Era en verdad imponente para una tropa que marchaba en son de guerra, con las debidas precauciones, el experimentar sensibles pérdidas por los disparos de enemigos que jamás se dejaban ver. (...) Pues estos individuos (...) eran temibles por el conocimiento de los montes, de las sendas y de los vados y sabiendo lo que en ella valían y de lo que eran capaces, no la abandonaban, (...) Así se ha visto que con escaso número bastará cien veces para molestar a una columna al vadear un río, o al pasar un desfiladero, y aun en esos caminos que aunque rectos y anchos, estaban cercados de espesos bosques”.10
Un soldado de infantería señaló, en carta publicada en el Boletín Oficial N° 11, del 2 de julio de 1864, que:
“(...) El diablo me lleve si yo le veo término a esto. A estos malditos indios no se les ve nunca; tan pronto están aquí como se desaparecen, y cuando hemos creído que han sido derrotados, se aparecen tirando que es un gusto. Y cuenta que no son malos tiradores. No parece sino que los malditos han pasado toda su vida cazando, pues donde apuntan, Jesús, no hay más que santiguarse; ahí tiene usted el hombre tendido cuan largo es. Y eso que no están todos armados, y las armas que tienen, con excepción de muchas carabinas que nos han tomado, y no prestadas, son malas. ¿Qué será, pues, el día que a esos pillos les lleguen las buenas armas de precisión?
Tú sabes que al militar le gusta la guerra, puesto que así asciende y adquiere honores, pero te aseguro, bajo palabra de caballero, que ésta tiene mala cara.
¿Cuándo llegaremos a pacificar un país tan vasto, cortado por todas direcciones por montañas y desfiladeros; poblado de una maldita canalla que tan bien vive en los montes como en un palacio; que conoce el terreno como tú conoces tu dormitorio, mientras que nosotros no podemos tener completa confianza en ninguno de los que brindándosenos como amigos nuestros se les ve en el semblante el deseo incesante de que demos en cualquier celada, y que darían la mitad de la vida porque el diablo nos llevase a todos?”.11
Luperón emitió su juicio sobre las características de la táctica guerrillera y del combatiente restaurador cuando afirmó:
“En los combates a la distancia de 700 a 900 metros, las ventajas estaban del lado de los españoles, no ya por lo que se ha dicho del alcance de sus armas, sino porque era más certera su puntería. Pero mientras más corta era la distancia, más ventajas obtenían los dominicanos, porque los españoles se batían en columnas cerradas, y los dominicanos en líneas abiertas y desplegadas. (...) En la mayor parte de las peleas que se dieron a la bayoneta por los españoles y al sable (machete o sable gallito, ECM) por los dominicanos, la victoria quedaba casi siempre a favor de estos últimos”.12
El historiador Pedro María Archambault, basándose en la reseña de “un técnico español”, hizo una apología del machete como arma de guerra que enfrentó y venció al fusil y a la bayoneta. Al describir el fiero combate de La Barranquita (Guayacanes) contra fuerzas españolas que contaban con el apoyo de piezas de artillería, apuntó:
“(...) Los dominicanos rompieron el fuego con una violenta descarga que les hizo algunas bajas a los españoles. Se trabó el combate con una bizarría de parte y parte (...) Animados los valientes de Monción y Pimentel (...) y chispeando la bravura de aquellos furiosos macheteros, una voz de jefe gritó “¡Al machete! ¡A los cañones!” Los jefes impacientes y seguros del éxito, lejos de contener, excitaban á su gente y preparaban la acometida. Los españoles, avisados por los gritos de sus contrarios, se habían preparado á recibirlos con el mayor frente posible y la formación más cerrada de un cuadro, las piezas en el centro y la infantería en las alas, más atrás, y muy cerrados, el resto de los infantes y los caballos.
Los dominicanos (...) se lanzaron como fieras sobre el cuadro. El comandante García gritó a todo pulmón ¡calen! Y brillaron las bayonetas bajo un sol de fuego. Se empeñó el combate al arma blanca: los unos a la bayoneta, los otros á machetazo limpio
Muchos soldados españoles perdieron la mano izquierda bajo la briosa acometida de nuestros encabados”.13
Recientemente, José Miguel Soto Jiménez anunció el lanzamiento al público de su libro Los motivos del machete. Reflexiones, apuntes y notas para una interpretación cuartelaria de la historia y la sociedad dominicana, en el que analiza el papel desempeñado por ese instrumento de trabajo y arma mortal en las contiendas bélicas en las que se ha visto involucrado el pueblo dominicano. Desconozco la obra, no así uno de sus capítulos centrales, “Machete y machete”, publicado en el suplemento cultural Isla Abierta. Aseveró el militar e historiador que:
“(...) El machetero como infante o dragón en la caballería, fusilero en las primeras fases de todo combate o lancero a caballo, arribaba al momento supremo del empleo del machete, cuando la corta distancia daba pie al combate cuerpo a cuerpo, enfrentándose casi siempre con la bayoneta, la cual sin importar las habilidades del diestro en su efectiva esgrima, tan popular en Norteamérica y en Europa, siempre resultaba mal parada frente a la acometida del “encabao” dominicano. Los mandobles iniciales del “encabao” siempre iban dirigidos a mutilar los brazos o las manos que sostenían el mosquete o el fusil (...).
El machete en Santo Domingo, se impuso varias veces y en varias épocas a las armas de los soldados franceses, venció a las tropas expedicionarias inglesas y derrotó a los ejércitos haitianos. De alguna forma, eso quiere decir, que en Santo Domingo, el machete venció a la espada, la pica y la alabarda, sometió a silencio el arcabuz, al mosquete y a la carronada, se impuso sobre el sable, la pistola y el fusil, humillando y yugulando el orgullo filoso de la bayoneta y segando la voz ronca de los cañones de campaña.
(...) Pero jamás el machete fue tan “machetemente” nuestro y grande como en la Restauración, cuando derrotando a las tropas de la Corona Española, el coraje venció a la tecnología de un imperio, (...).
La Restauración fue el momento más alto del machete, (...)”.14
La táctica de combate a la que me he venido refiriendo obedecía a las famosas Instrucciones para la guerra de guerrillas del Gobierno Provisional Restaurador, redactadas por Matías Ramón Mella cuando era ministro de guerra, en septiembre de 1863, anunciando la forma en que se debía combatirse a las tropas españolas. En 10 normas ordenó:
1° Usar la mayor prudencia para no dejarse sorprender a fin de igualar la superioridad del enemigo en número, disciplina y recursos;
2° No enfrascarse jamás en un encuentro general ni exponer a la fortuna de un combate la suerte de la república;
3° Tirar mucho, rápido y bien, hostilizando al enemigo día y noche; interceptándole sus bagajes, sus comunicaciones y cortándole el agua;
4° Agobiarlo con guerrillas que tuvieran unidad de acción por su frente, retaguardia y flancos, no dejándolo descansar ni de día ni de noche ni dejarse jamás sorprender y sorprenderlo siempre que se pudiera;
5° Pelear siempre que se pudiera abrigados por los montes y por el terreno y hacer uso del arma blanca cada vez que se vislumbrara la posibilidad de abrirle al enemigo un boquete para metérsele dentro y acabar con él; sin presentarle nunca un frente por pequeño que fuera;
6° Nunca dejarse sorprender y sorprender siempre al enemigo aunque fuera a un solo hombre;
7° No dejarlo dormir ni de día ni de noche para que las enfermedades hicieran en ellos más estragos que nuestras armas;
8° Si el enemigo replegaba, averiguar si era una falsa retirada; si no lo era, se le debía seguir hostilizando por todos lados; si avanzaba se le debía hacer caer en emboscadas acribillándolo con guerrillas; en una palabra, hacerle a todo trance y en toda la extensión de la palabra, la guerra de manigua y de un combatiente invisible;
9° Mientras más se separara al enemigo de su base de operaciones, peor sería para él; si intentaba internarse en el país, más perdido estaría;
10° Organizar dondequiera que estuviera situado, un servicio eficaz y activo de espionaje, para saber a todas las horas del día y de la noche el estado, la situación, la fuerza, los movimientos e intenciones del enemigo.15
En la Circular no. 247, del 26 de enero de 1864, dirigida por el Gobierno Provisional Restaurador a los generales José Antonio Salcedo. Eusebio Manzueta, Gaspar Polanco y Aniceto Martínez, se les ratificó que solamente debían utilizar la táctica establecida en las aludidas Instrucciones para la guerra de guerrillas, cuya fiel ejecución había dado la victoria a los restauradores. A pesar de ello, algunos jefes se estaban apartando de las mismas, por lo que se les exigía su exacto cumplimiento porque:
“(...) mientras los dominicanos sigan observando la táctica de guerra de guerrillas, tal como se hizo al principio, serán invencibles aunque la España mande aquí 50,000 hombres, pero que en el momento en que los dominicanos se aparten de ella y quieran adoptar la táctica europea o del ejército español, serán infaliblemente derrotados”.16
Inmediatamente después de proclamarse la Restauración, se redactó el acta de independencia y se creó el gobierno provisional integrado por: José Antonio Salcedo, presidente; Benigno Filomeno de Rojas, vicepresidente; Máximo Grullón, Pedro Antonio Pimentel, Sebastián Valverde, Vicente Morel y Genaro Perpiñán por la Comisión de Interior y Policía; Ulises F. Espaillat, Pedro F. Bonó, Julián Belisario Curiel, Pablo Pujol y Manuel Ponce de León por la Comisión de Relaciones Exteriores; Pablo Pujol, José M. Glas, Ricardo Curiel, Alfredo Deetjen y Rafael María Leiva por la Comisión de Hacienda y Comercio; Matías Ramón Mella, Pedro F. Bonó, Pablo Pujol, Julián Belisario Curiel y Máximo Grullón por la Comisión de Guerra y Marina.17
Se iniciaron las campañas militares en el Cibao, Línea Noroeste, Centro y Sur y en casi todas se utilizó la táctica de la guerra de guerrillas, excepto en dos ocasiones. La primera, cuando Salcedo y Luperón quisieron variarla por la de posiciones y fueron derrotados por el general dominicano anexionista Antonio Abad Alfau en el combate de la Sabana del Vigía, sobre el cantón restaurador de San Pedro, acción que se extendió hasta Arroyo Bermejo. La segunda, cuando Gaspar Polanco atacó en Monte Cristi, el 24 de diciembre de 1864, a los bien atrincherados españoles.
Las tácticas de la guerrilla, la tea y la tierra arrasada, empleadas en las campañas del Sur, Centro, Cibao, Noroeste y Este, obligaron al mariscal La Gándara a concentrar sus tropas en San Carlos, Monte Cristi, Puerto Plata y Samaná, después del ocaso de Santana por su fracaso militar en Guanuma, Monte Plata, El Seibo e Higüey. Los intentos del comandante español, con más de 4,000 hombres bajo su mando, de aplastar el movimiento restaurador en el Sur quedaron frustrados con los ataques de los dominicanos en Nigua, Fundación, Sabana Grande, Nizao, Yaguate. Azua, San Juan, Las Matas, Barahona y Neyba. En su marcha por los campos agrestes del Suroeste, La Gándara solamente encontró cultivos destruidos y abandonados, poblados vacíos e incendiados.
Para octubre de l864, las acciones militares restauradoras estaban estancadas, situación que provocó que Gaspar Polanco, junto a otros dirigentes, el día l0 lanzara un manifiesto acusando al presidente Salcedo de vacilante, de iniciar negociaciones de paz con La Gándara para traer a Báez a la presidencia y de abandonar los cantones del frente de Montecristi. El restaurador, poeta y escritor Manuel Rodríguez Objío, exaltó a José Antonio Salcedo y a la vez lo denigró con una grave acusación, al juzgarlo con las siguientes palabras:
“El General José Antonio Salcedo era humano, generoso, desinteresado; tenía en fin todas las virtudes de un soldado valiente, pero débil y descuidado en sus atenciones políticas. Su bondad ingénita, unida a los dos grandes defectos que hemos indicado, fueron la causa principal de su desgracia. Un vicio común afeaba además sus bellas dotes; ese vicio que hizo despreciable a Marco Antonio el rival de Augusto, contribuyó mucho a inclinar la balanza a favor de sus enemigos”.18
Dicho de otra manera, además de tacharlo de débil y pusilánime, lo acusó de nefandario o sodomita: de homosexual. Gregorio Luperón, que combatió bajo sus órdenes y tuvo con él desavenencias por motivos políticos y de mando militar, no fue tan severo, aunque criticó su debilidad de carácter.19 En el último volumen de su obra, mencionó a un grupo de ciudadanos que consideraba notables y estimados
“(...) los unos por sus virtudes cívicas, los otros por su heroísmo, varios por una entera firmeza en los principios y muchos que por su abnegación y patriotismo, han dado al país ejemplos sublimes de verdadero amor a la patria, y son acreedores de nuestra sincera admiración. Son los siguientes: el General Eusebio Pereyra y sus valerosos compañeros de San Cristóbal. Los denodados Generales Pedro Antonio Pimentel, José Antonio Salcedo, (...)”.20
El desconocimiento de Salcedo como jefe del Gobierno Provisional Restaurador, causó su derrocamiento y que los jefes restauradores proclamaran presidente a Gaspar Polanco. El nuevo gobierno se convirtió en una dictadura revolucionaria por la serie de medidas que implantó y por activar la guerra patriótica en todos los frentes. Personalmente, en violación a las Instrucciones para la guerra de guerrillas, Polanco atacó a los 7,000 y tantos españoles comandados por La Gándara y Primo de Rivera que habían desembarcado en Monte Cristi con el objetivo de marchar sobre Santiago. Esa valerosa y casi suicida accíón fue llamada por La Gándara "la inocentada de Gaspar” y, aunque no logró sacar a las tropas anexionistas de Monte Cristi, impidió que avanzaran hacia Santiago.
Por otro lado, Polanco acabó con el colaboracionismo, creó las escuelas primarias, reorganizó el ejercito y dictó varios decretos revolucionarios e innovadores. Entre ellos, los más notables fueron: el que prohibió aceptar como desertores a soldados españoles; el que proscribió el empleo de todo tratamiento incompatible con el sistema democrático, en particular los títulos de señoría, excelentísimo, excelencia, etc. También desterró el uso, al final de las cartas y comunicaciones, de expresiones como la de “Dios Guarde a Usted Muchos Años” que fue sustituida por “Dios y Libertad”. Concedió plazos a los nacionales que estaban en Haití y en las Antillas circundantes para que efectuaran su presentación y acta de adhesión ante el gobierno restaurador, so pena de perder sus derechos ciudadanos.21
Sin embargo, Polanco tuvo un lado muy oscuro: el injustificable fusilamiento de Salcedo, el 5 de noviembre de l864 en la playa de Maimón, por el coronel Agustín Peña Masagó, crimen en el que estuvo presente, siendo oficial de bajo rango, el posteriormente famoso dictador Ulises Heureaux (Lilís).
En España, el 16 de septiembre de 1864, un grupo de oficiales encabezado por el general Ramón María Narváez depuso al general Leopoldo O’Donnell por el fracaso político de la Unión Liberal y, especialmente, por el descalabro del ejército español en Santo Domingo, que en una campaña de 13 meses había sufrido miles de bajas a un costo de millones de dólares. Narváez ordenó a La Gándara concentrar todas las tropas en las ciudades portuarias de Santo Domingo, Puerto Plata, Monte Cristi y Samaná y que bajo ninguna circunstancia realizara actividades bélicas, salvo en caso de defensa. Ante esa situación, Gaspar Polanco ordenó atacar a San Carlos, San Gerónimo, Galindo y Pajarito (los tres primeros hoy barrios de la ciudad de Santo Domingo y el último la actual Villa Duarte, en la margen oriental del río Ozama.
El 3 de marzo de 1865 Polanco envió, por mediación de Fabré Geffrard, una exposición a la reina Isabel II en la que le suplicó:
“(...) una vez más a V. M. se digne hacer cesar la efusión de sangre y poner término a una situación deplorable”.22
Le solicitó, además, que se llegara a un acuerdo de paz por medio del cual,
“(...) esta porción de tierra, patria de los dominicanos, sea desprendida por Vuestra Real y magnánima voluntad, de las vastas posesiones que forman la Monarquía española”.22
Concluyó confiando en que:
(...) la paz y tranquilidad sean por Vuestra Real disposición devueltas al pueblo dominicano, y esta concesión será uno de los hechos más gloriosos de Vuestro reinado, porque será un acto de humanidad y de resplandeciente justicia”.22
Al conocer esta misiva, Pimentel y Monción se sublevaron en Dajabón, marcharon con sus tropas sobre Santiago, desconocieron el gobierno de Gaspar Polanco y crearon, provisionalmente, una Junta Superior Gubernativa presidida por Benigno Filomeno de Rojas; con Luperón de vicepresidente y Vicente Morel, Eusebio Pereira, Pimentel y Monción en los ministerios.23 Dicha junta convocó a la Convención Nacional que, el 27 de febrero de 1865, puso en vigor la liberal constitución de Moca de 1858 y eligió a Pimentel presidente; a Rojas vicepresidente y a José del Carmen Reinoso, Vicente Morel, Teodoro Heneken y Pedro Martínez en los ministerios.24 Polanco fue sometido a juicio ante un consejo de guerra y condenado a muerte por el asesinato de Salcedo, pena que no fue ejecutada porque el prisionero se fugó de la cárcel y refugió en Haití.
Puesto que las Cortes de España habían acordado abandonar a Santo Domingo, el 1° de mayo de 1865, la reina sancionó el decreto de desocupación. Las tropas españolas comenzaron a abandonar el territorio dominicano y solamente quedaron concentraciones de soldados en los puertos de Santo Domingo y Samaná. El 11 de julio de 1865, salieron del territorio dominicano los restos del derrotado ejército español. Había fracasado rotundamente, igual que en 1809-1821, el segundo intento por reincorporar el territorio nacional a la soberanía española. Igualmente fracasó un nuevo intento, que no sería el último, del sector antinacional que no creía en la vocación del pueblo dominicano por autogobernarse y ser dueño de sus destinos.
En la guerra librada en Santo Domingo, España llegó a tener un ejército de 63,000 hombres de todas las armas, integrado por 41,000 peninsulares, 10,000 cubanos y puertorriqueños y 12,000 dominicanos. Además, 27 buques, muchos de ellos de vapor y cascos de metal, que mantuvieron un estricto bloqueo naval a toda la isla para evitar que los restauradores recibieran pertrechos bélicos. Esa contienda produjo a España gran cantidad de bajas, tanto por heridas provocadas en los combates, como por la fiebre amarilla. Las bajas fueron 18,000 peninsulares y 5,000 de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, para hacer un total de 23,000. Su costo en dinero fue de 129 millones de dólares que, en la época, constituía una respetable cifra.
Lo que la Guerra Restauradora costó al pueblo dominicano nunca ha sido cuantificado y únicamente se hicieron estimados. Se mencionaron, sin apoyo documental fehaciente, 10,000 bajas: 6,000 muertos y 4,000 heridos. Los combatientes dominicanos totalizaron entre 15,000 y 17,000 hombres, mal armados y mal vestidos. Vale la pena recordar lo que relató Pedro Francisco Bonó, cuando, en su calidad de ministro de guerra del Gobierno Provisional Restaurador, el 5 de octubre de 1863, inspeccionó el cantón de Arroyo Bermejo. Escribió estas dramáticas observaciones:
“(...) La comandancia de armas era el rancho más grande de todo el cantón, donde todo estaba colocado como Dios quiera. El parque eran ocho o más
cajones de municiones que estaban encima de una barbacoa y acostado a su lado había un soldado fumando tranquilamente su cachimbo. Varias hamacas tendidas, algunos fusiles arrimados, dos o tres trabucos, una caja de guerra, un pedazo de tocino y como 40 ó 50 plátanos era todo lo que había.
(...) El cantón, como una colmena humana, hacía un ruido sordo. Había una multitud de soldados tendidos en el camino acostados de una manera particular: una yagua les servía de colchón y con otra se cubrían, de manera que aunque lloviera como acababa de suceder, la yagua de arriba les servía de techumbre y la de abajo como una especie de esquife, por debajo de la cual se deslizaba el agua y no los dejaba mojar. A esta yagua en el lenguaje pintoresco de esa época se llamaba la frisa de Moca.
(...) Cerca ya de mi rancho vi a un individuo dándose paseos gravemente vestido con un frac de paño negro, pero debajo del cual, como el escudero del Lazarillo de Tormes, no había camisa ni otra pieza que impidiera su contacto con las carnes: este individuo sólo tenía unos calzoncillos.
(...) Se pasaba revista. No había casi nadie vestido. Harapos eran los vestidos; el tambor de la Comandancia estaba con una camisa de mujer por toda vestimenta; daba risa verlo redoblar con su túnica; el corneta estaba desnudo de la cintura para arriba. Todos estaban descalzos y a pierna desnuda. Se pasó revista y se contaros doscientos ochenta hombres: de Macorís como cien, de Cotuí unos cuarenta, de Cevicos diez y seis, de La Vega como cincuenta; los de Monte Plata contaban setenta hombres, todos, aunque medio desnudos, con buenos fusiles, pues con armas y bagajes se habían se habían pasado de las filas españolas a las nuestras. Se pasó revista de armas cotuisanas, macorisanas, ceviqueñas, sólo tenían seis trabucos, cuarenta carabinas, diez y seis fusiles; la caballería sólo tenía dos o tres pistolas de piedra, pero todos tenían sables de infantería y caballería. (...) Acabóse ésta y todos se dispersaron: unos cogieron calabazos y bajaban por agua al arroyo; otros mondaban plátanos y los ponían a asar. (...) El cantón en masa vivía del merodeo, pero le era fácil, porque estaba en medio de una montería”.25
Por su parte, el capitán Ramón González Tablas hizo las siguientes observaciones del combatiente dominicano:
“(...) Sin otra instrucción que saber malamente cargar y disparar; sin otro armamento que el que cada cual puede facilitarse, a excepción de algún que otro caso muy raro, en que el gobierno podía repartir para muchos miles de hombres, algunos cientos de fusiles que regularmente sirvieron a otras naciones, y fueron desechados por inútiles. El soldado dominicano no conoce el uniforme, se presenta como estaba en sus tareas, que generalmente es destrozado, descalzo y por todo morrión un mal pañuelo atado a la cabeza. Mucho menos conoce el uso del correaje ni de la mochila; gasta una especie de esportilla, que llama macuto, que con una cuerda a modo de asa, cuelga del hombro izquierdo. En aquella especie de zurrón o morral, lleva todo su ajuar de campaña: el tabaco, la carne, los plátanos, alguna prenda de ropa, si por casualidad tiene, y los cartuchos; todo va allí revuelto”.26
Estos dominicanos, procedentes de los sectores de las clases populares, mal comidos, desarrapados y pésimamente armados derrotaron a los bien alimentados, debidamente uniformados, rigurosamente entrenados y magníficamente armados soldados españoles. ¿Cómo fue eso posible? Aparte de la vocación patriótica y el deseo de ser libres o morir en la empresa, porque emplearon correctamente la táctica de la guerra de guerrillas que venció a soldados y oficiales españoles.
El costo económico de la Guerra Restauradora para los dominicanos tampoco ha sido cuantificado. Ciudades, villas y poblados destruidos: Santiago, Puerto Plata (parcialmente), Sabaneta, Guaraguanó (Monción), Guayubín, Monte Cristi, Dajabón, Bánica, Comendador, Las Matas, Neyba, El Cercado, San Juan de la Maguana, Azua, Barahona (parcialmente), Baní (parcialmente) y San Cristóbal. En las zonas rurales, salvo en algunas regiones cibaeñas, solamente quedaron campos devastados que afectaron severamente la producción y exportación de tabaco, café, cacao, azúcar, maderas, ganado, pieles vacunas y caprinas, miel de abejas y cera. Se agravó el caos financiero y aumentó la depreciación de la moneda porque España no amortizó las emisiones baecistas y porque, además, el propio gobierno restaurador hizo varias emisiones de papel moneda sin garantía alguna.
En definitiva, en la lucha por restablecer la eclipsada soberanía, el pueblo dominicano sufrió el empobrecimiento general de todos los sectores de su vida productiva, el decrecimiento de su economía y el estancamiento del proceso de su desarrollo histórico.
Para concluir, pasaré a señalar algunas de las más importantes consecuencias de la Guerra Restauradora:
1° El restablecimiento de la soberanía nacional y la desaparición del llamado
“gran traidor” Pedro Santana, lo que significó el triunfo de los liberales
nacionalistas y la derrota de los anexionistas;
2° La devastación de los campos y la destrucción de ciudades y poblaciones,
con el consiguiente estancamiento del desarrollo de las fuerzas productivas
de la sociedad dominicana;
3° La demostración de la capacidad de sacrificio de la casi totalidad del pueblo
dominicano y de su vocación de luchar por el mantenimiento de su libertad e
independencia;
4° Las tácticas de la guerra de guerrillas, la tierra arrasada y la tea, demostraron
que un pueblo pobre y mal armado puede vencer a un país poderoso con un
ejército moderno superior en armas y soldados;
5° Sirvió de ejemplo a los pueblos colonizados de Cuba y Puerto Rico, en
especial al primero, que inició su guerra de independencia en 1868 usando
las tácticas restauradoras, bajo la dirección de militares dominicanos,
particularmente del genio de las guerrillas, Máximo Gómez;
6° El fortalecimiento del pensamiento liberal y nacionalista cibaeño, puesto de
manifiesto por primera vez en la revolución tabacalera de 1857, en la
Constitución de Moca de 1858 y en la formación del partido azul que recogió
el objetivo clasista de pequeña burguesía de defender la soberanía nacional y
promover en el país el desarrollo económico;
7° El surgimiento de la tesis geopolítica de la unidad insular de República
Dominicana y Haití para luchar contra los enemigos comunes de ambas
naciones, que dio origen al antillanismo o confederación antillana para
combatir por la defensa de la soberanía nacional de los dos países, la
independencia de Cuba y Puerto Rico e impedir que Estados Unidos de
América, con su voraz expansionismo, se apropiara de tres de las grandes
Antillas.27
8° El surgimiento de líderes militares de origen popular que se convirtieron en
caudillos nacionales (Pimentel, Cabrera, Guillermo, Luperón y Heureaux);
9° El incremento de la injerencia de los Estados Unidos de América en los
asuntos internos dominicanos y de su desbocado interés por apropiarse de la
Bahía y Península de Samaná;
10° El inicio de una política de endeudamiento externo que por años lesionó
severamente la soberanía nacional: los empréstitos con las casas bancarias
Hartmont, Westendorp, San Domingo Improvement Company, etc.;
11° Fue una revolución que, según Manuel Rodríguez Objío, “(...) comenzó
desde luego á germinar en el seno del verdadero pueblo: ella vino de abajo
para arriba en contraposición de otras revoluciones: de aquí el carácter
social con que se presentó”.28
12° Por ello, fue un verdadero proceso revolucionario de origen popular que
marcadamente reunió objetivos de liberación nacional, sociales y raciales
en la más hermosa gesta del siglo XIX, la cual, empleando una opinión de
Pedro Henríquez Ureña, “galvanizó” el sentimiento nacional y consolidó
en la conciencia de los dominicanos su decisión inquebrantable de ser libres
o morir.
Notas para colocar al pie de página
1 Állvarez, Mariano. “Memorias. Santo Domingo, 20 de abril de 1860.” En
Rodríguez Demorizi, Emilio, Antecedentes de la Anexión a España.
Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1955, pp. 87-88. (Academia
Dominicana de la Historia, vol. IV).
2 Gautier, Manuel María. ‘‘Memorandum sobre la situación política de la
República Dominicana. Población. Santo Domingo, 20 de febrero de
1871”. En Rodríguez Demorizi, Emilio, Informe de la Comisión de
Investigación de los Estados Unidos de América en Santo Domingo en
1871. Ciudad Trujillo, Editora Montalvo, 1960, pp. 362-364. (Academia
Dominicana de la Historia, vol. IX).
3 Véanse “Memoria” de Alvarez, Mariano y “Memoria” de Peláez
Campomanes, Antonio. En Rodríguez Demorizi, Emilio,
Antecedentes, pp. 88, 89, 95, 97,98, 106 y 107.
4 La Gándara y Navarro, José. Anexión y guerra de Santo Domingo.
Tomo I. Madrid, Imprenta de El Correo Militar, 1884, p. 401.
5 La Gándara y Navarro, José. Ibídem, pp. 237-238.
6 La Gándara. y Navarro, José. Anexión y guerra …, p. 233.
7 “Investigación sobre el incendio de Santiago”. En Rodríguez Demorizi,
Emilio, Actos y doctrina del gobierno de la Restauración. Santo
Domingo, Editora del Caribe, 1963, pp. 45-61. (Academia Dominicana
de la Historia, vol. XV).
8 González Tablas, Ramón. Historia de la dominación y última guerra
de España en Santo Domingo. Barcelona, Talleres Gráficos de Manuel
Pareja, 1974, p. 389. (Sociedad Dominicana de Bibliófilos, no. 6.
9 ‘‘Carta de un soldado español.” En Rodríguez Demorizi, Emilio. Diarios
de la Guerra domínico-española de 1863-1865. Santo Domingo, Editora
del Caribe, 1963, pp. 104-105.
10 González Tablas. Ramón. Historia de la dominación…, pp. 210-213.
11 Rodríguez Demorizi, Emilio. Actos y doctrina..., p. 14
12 Luperón, Gregorio. Notas autobiográficas y apuntes históricos. Tomo
II. Santiago, Editorial El Diario, 1939, pp. 7-8.
13 Archambault, Pedro María. Historia de la Restauración. Paris, La
Libraiarie Technique et Économique, 1938, pp. 82-83.
14 Soto Jiménez, José Miguel. “Machete y machete.” Isla Abierta
Suplemento Cultural del periódico Hoy. Santo Domingo, 15 de octubre de
2000, pp. 4-5.
15 Rodríguez Demorizi, Emilio, Diarios de la guerra, pp-107-109.
16 Rodríguez Demorizi, Emilio. Diarios de la guerra…, Nota no. 24 al pié de
pp. 107-108.
17 Ventura, Juan. Presidentes, juntas, consejos, triunviratos y gabinetes de
la República Dominicana, 1844-1984. Santo Domingo, Talleres ONAP
1985, pp. 7-8. (Colección de Documentos Históricos de ONAP, N° 6).
18 Rodríguez Objío, Manuel Nemesio. Gregorio Luperón e historia de la
Restauración. Tomo I. Santiago, Editorial El Diario, 1939, p. 210.
19 Luperón, Gregorio. Notas autobiográficas…, tomo I, pp. 255 y ss.
20 Ibídem, tomo III, p.408.
21 Rodríguez Demorizi, Emilio, Actos y doctrina... En las pp. 192 y ss.
figuran los textos de los decretos que establecieron esas medidas.
22 “Exposición dirigida por el Gobierno Provisorio a S.M.C. el 3 de enero de
1865”. En Rodríguez Demorizi, Emilio. Actos y doctrina, pp. 256-257.
23 Ventura, Juan. Presidentes, juntas, consejos…, pp. 9-10.
24 Ibidem, p. 10.
25 Bonó, Pedro Francisco. “En el cantón de Bermejo”. En Rodríguez Demorizi,
Emilio, Papeles de Pedro F. Bonó. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1964, pp. 119-122. (Academia Dominicana de la Historia, vol. XVII).
26 González Tablas, Ramón. Historia de la dominación…, p. 40.
27 Cordero Michel, Emilio. “El antillanismo de Luperón.” Ecos, año 1, no. 1,
Santo Domingo, 1993, pp. 45-66 (Instituto de Historia de ka Universidad
Autónoma de Santo Domingo).
28 Rodríguez Objío. Manuel Nemesio. “Consideraciones escritas en Santo
Domingo el 1° de enero de 1868.” En Relaciones. Ciudad Trujillo, Editora
Montalvo, 1951, pp.202-203. (Colección del Archivo General de la Nación,
vol. VIII).
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