jueves, 26 de marzo de 2015

INTRODUCCION A LAS ARMAS


Ponemos a disposición del lector la primera parte del libro Introducción a las Armas de José Abreu Cardet  publicado por la editorial Ciencias Sociales de La Habana en el 2005.
PUBLICADO POR LA EDITORIAL DE CIENCIAS SOCIALES LA HABANA 2005

INTRODUCCION A LAS ARMAS

Por Jose Abreu Cardet

LOS MAXIMOS RESPONSABLES.

Discusión muy acalorada fue el determinar si el primer milenio concluía el 31 de diciembre de 1999 o ese mismo día pero del año 2000. Los comerciantes muy interesados en vender perfumes y sostenes “fin del milenio” ganaron plenamente, pues se festejó el adiós a los mil años en el último día de  1999. El acontecimiento creó  deseos entre los de billetera ancha  de dejar constancia de su generosidad con amigos, esposas, parientes y amantes. Los académicos también ganaron, pues se reconoció en el mundo universitario  que el milenio concluía cuando debía de fenecer. Sin embargo, hubo un gran perdedor inevitable: el siglo XIX.
Ese puñado de años tan nobles que nos han ofrecido a historiadores y novelistas cubanos un espacio espléndido para nuestros estudios e imaginación. Un espacio que estaba bastante lejano, pero no tanto, cómo otros siglos anteriores que al ser reclamados por los estudiosos  llegaban de un pretérito  que nos parecía el mismo origen de todos. Por lo menos tenían ese sentido, en este país, donde  está tan cercano en el tiempo los orígenes más remotos.  De buenas a primeras el buen siglo XIX comenzó a alejarse. En un principio apenas nos dimos cuenta del asunto. Todavía nos referíamos al  XIX como el siglo pasado. Pero muy pronto al compás de los años que se nos van del XXI hemos ido rectificando  el error. Ya el XX comienza hacer el siglo pasado y el XIX se va agregando ha aquellos períodos arcaicos enumerados por el 18, el 17, el 16...
Quizás la importancia de ese viejo amigo, que es el XIX, radica en que durante su andar se demostró el carácter sobredimencionado de nuestra isla. Pero no por su exotismo, tampoco por las ambiciones despertadas en vecinos de otras tierras.
Si no, más bien, por una historia  promovida en este lado del Atlántico que nada tiene que ver con lo real maravilloso ni el exotismo. Es esta tierra sobredimencionada por el impulso de sus vecinos. Sean estos nativos  o recién llegados. Acá han ocurrido acontecimientos que han dejado surcos tan profundos  como el que hacen las carretas de bueyes en los caminos caribeños.
Se desarrolló en estas tierras una industria azucarera que marcó el mercado mundial. Durante largos periodos del siglo XIX la isla fue responsable de un alto por ciento de toda la producción en el ámbito internacional. De 1820 a 1895  produjo siempre más del 10 por ciento de toda el azúcar mundial. Incluyendo que en  56 zafras alcanzó  más del 15 por ciento y de estas en 34 tuvo una producción superior al 20 por ciento. De ellas en 15 sobrepasó el 25 por ciento  (1)
También en ese siglo se desarrollaron tres guerras de independencia. Los cubanos fueron capaces de llevar a cabo estas  contiendas, pese al esfuerzo desmesurado de los hispanos. El estado español envió alrededor de medio millón de hombres a calmar a plomo y bayoneta a los insumisos. Pese a que hoy hemos conocido de las movilizaciones para el desembarco de Normandía y la Guerra del Golfo  asombra todavía la magnitud de las cifras.
Esta vocación por el sobredimensconamiento no es exclusiva del periodo colonial. En los primeros cincuenta años del siglo XX en Cuba se lograron verdaderas proezas de producción azucarera. En el momento de mayor esplendor, entre 1916 a 1930, en la isla se  produjo más del  15 por ciento de la producción mundial de azúcar. Luego de 1944 a 1953 se elaboró este producto a igual ritmo. (2)
En lo político la isla desempeñó, desde 1959, un papel por entero más allá   de sus posibilidades reales,  tanto por su actividad diplomática, como militar y en general de solidaridad de diversas formas y métodos con otros países. No se podrá escribir la historia política de la segunda mitad del siglo XX sin tener en cuenta a esta isla. Aunque la afirmación parece criterio de aldeano orgulloso pero es así.
Tenemos un pasado realmente portentoso y no siempre fácil de comprender. Los historiadores cubanos somos los máximos responsables de explicar y argumentar ese pretérito. Tanto sus esplendores como sus miserias. No todo ha sido lineal y simple. Para esto contamos con una numerosa y seria tradición historiografía. Hoy el desarrollo de las ciencias sociales nos permiten buscar nuevas preguntas y explicaciones.   
Las guerras de independencia nos han dejado una  historiografía que ya comienza también a alejarse. Son los libros del siglo pasado. Pero el  siglo XXI ha  dado sus primeros pasos en el camino de indagar en aquel pasado heroico. Se agregan nuevos títulos a los ya clásicos sobre el tema. También aparecen nuevas preguntas que se responden al compás de estos tiempos. Pero en todos prevalece el criterio de homenajear a los que un día dejaron las familias  para pedir un lugar en la avanzada expuesta al fuego mortífero del enemigo.  En el análisis frío y que trata de ser imparcial del estudioso cubano sobre el pasado no prevalece, casi por regla, el deseo de desmontar lo muy heroico de aquellos años. Nos sumamos a esa tradición historiografía cubana. No sabemos si es la más científica y objetiva pero tiene raíces profundas en nosotros. Pero eso no significa que no busquemos preguntas nuevas. Ese es el objetivo esencial de este texto. 
En el   intentamos  penetrar en un campo en extremo complejo de ese pasado. Los mecanismos que permitieron que el hombre y la mujer del sesenta y ocho convirtieran las contradicciones metrópoli colonia en la rebelión armada y un ejército guerrillero.
 Entraremos en algunos temas que han sido entregados al fiscal más que al juez sin posibilidad de defensa alguna. Andaremos y desandaremos algunos senderos que son condenados en primera instancia  y los estudiosos más piadosos han tratado de pasar por alto. Nos referimos a temas tan peliagudos como el regionalismo y el caudillismo.  
Tomaremos en cuenta acontecimientos ocurridos durante el desarrollo de la guerra como: las expediciones, la invasión, la guerra en algunas regiones,  entre otros. 
Hay amplios espacios de la geografía humana de aquellos acontecimientos que parecen reposar en el olvido. Esperan por el análisis que nos haga comprender su papel. Es indiscutible que estamos ante un libro necesario, que más que criterios definitivos, nos señale el sendero hacia nuevas preguntas. Iniciemos la marcha al compás de aquellos tiempos.

EL 68 EN  LA  REALIDAD BÉLICA DE LAS ANTILLAS  FRANCO HISPANO    

La historia del Caribe ha sido interpretada desde diferentes ángulos. Los estudiosos de las sociedades de la región han ido buscando los más disímiles rincones materiales y espirituales para situarse a indagar sobre  esta expresión de la geografía, devenido en un abigarrado y contradictorio mundo,  que se nos ofrece día a día con renovados bríos: ingenios azucareros, cafetales, prisiones, buques negreros, prostíbulos o conventos, por solo mencionar algunos de los muchos entablados que han soportado las  investigaciones de colegas o simples diletantes.
El campamento militar o el campo de batalla también ha sido un terreno muy andado. Es éste la punta del iceberg de la historia que atrae con fuerza superior el interés del público y el especialista. Si salimos de las guías turísticas, el Caribe está rodeado de un pasado violento. Incluso mucho antes de la llegada de los colonizadores había pueblos depredadores como los Caribes. Es todo un símbolo que este gigantesco lago encerrado entre islas y el continente tomó su nombre de sus vecinos más fieros.
Las Antillas y en general el Caribe han recibido especial atención de las grandes potencias, aquí han tenido colonias y neocolonias:  Francia, Inglaterra,  Estados Unidos, Holanda, España   y hasta las nórdicas Suecia y Dinamarca. Los alemanes llegaron a tener una explotación en Maracaibo. Este interés desmedido ha despertado ambiciones y contradicciones. Solucionadas las mas de las veces a cañonazos. Aquí se  han desarrollado  desde  escaramuzas de filibusteros  hasta el enfrentamiento de armadas que nada tiene que envidiarle a la Invencible.
La esclavitud ha mantenido un verdadero  estado de violencia  donde se aglomeran, desde el solitario cimarrón, pasando por palenques, sublevaciones de diversas dimensiones  hasta la esplendorosa revolución haitiana. Las guerras de independencia han creado un verdadero espacio bélico que todavía sorprende por sus dimensiones y  los esfuerzos de ambos bandos. 
Si nos limitamos tan solo al espacio insular colonizado por franceses y españoles es sorprendente el ritmo de la actividad bélica. La Española tiene un singular papel en este conglomerado de las armas y la acción. La independencia no puso fin al ímpetu guerrero. Haití ocupó Santo Domingo. Los dominicanos se sublevaron iniciando una larga historia de enfrentamientos con sus vecinos. El retorno de estos últimos a España en busca de una paz estable desemboco en la guerra de Restauración
Cada país ha conocido de guerras intestinas con  diferentes intensidades, e incluso una  historia de  enfrentamientos a grandes potencias como el de Cuba y Estados Unidos y el de Dominicana contra la intervención de esa misma potencia en 1965. Asunto que parece más de lo maravilloso que de lo real ante las diferencias abismales de los contrincantes.
Los tiranos raramente han podido conciliar el sueño perseguidos por la obsesión real de sublevaciones inesperadas, de atentados mortales y justicieros, de abruptas expediciones llegadas a cualquier playa. Esta reacción de los vecinos de este archipiélago ha tenido un trasfondo cosmopolita. La mayoría de las veces no estamos ante movimientos sediciosos emprendidos en un valle sin nombre por campesinos desarrapados y terratenientes analfabetos. En muchas ocasiones para el reclamo de sus libertades, los antillanos, han recurrido a un amplio arsenal de relaciones y acciones internacionales desproporciónales  para lo reducido de estos territorios.
Las expediciones marítimas y aéreas organizadas por los insumisos antillanos son un ejemplo típico de las implicaciones internacionales  de las guerras antillanas. Estos países, sin fronteras terrestres, están abocados a convertir sus movimientos de oposición a potencias coloniales o tiranos locales  en todo un complejo movimiento de política internacional y de técnicas del transporte.  No estamos ante países fronterizos donde los contrarios al gobierno organizan en un estado vecino  un grupo de campesinos y peones. Gente reunida  en  las cercanías de las fronteras selváticas e imprecisas. Todo depende de la capacidad de los futuros combatientes para resistir largas caminatas y llegar al país natal.
En las  islas antillanas estamos ante otra historia. El espacio reducido de su realidad geográfica no brinda la posibilidad de que los sediciosos se reúnan en selvas impenetrables o en cordilleras sin caminos para fraguar acciones. Esos espacios en las Antillas es necesario buscarlos en el exterior. En países neutrales o que supuestamente lo son y que permiten organizar muy sigilosamente expediciones y alijos de armas para los futuros libertadores.  Es necesario contactar navegantes o aviadores. Estos últimos lógicamente en el siglo  XX. Concertar  convenios con las autoridades de  puertos y aeropuertos, buscar y probar naves marítimas o aéreas. Trazar rutas, burlar o sobornar  a aduaneros y guardacostas.
Estamos ante un camino nada virgen. Se ha escrito mucho sobre ese pasado de contiendas desde los más diversos puntos de vista.  Pero no todo está dicho sobre aquellos acontecimientos. Los estudiosos de la historia bélica de las Antillas se han encontrado con la limitante elemental de tales análisis. El asunto no está dado por la falta de una sólida tradición historiografía.
Los vecinos de otras tierras más dados a las profundas disquisiciones filosóficas, con la presencia de una historiografía milenaria también han caído en una trampa similar al tratar de interpretar el pasado bélico.
La historiografía militar moderna presenta dos grandes vertientes. En una se encuentran los que  siguen los caminos tradicionales, estudiosos de los combates y batallas, de ejércitos y armadas. Son los que se han ido tras el análisis de la forma en que se combate. El estudio de tácticas y estrategias, de marchas y contramarchas.  En el otro grupo están  los que tratan de explicarse las contiendas desde un punto de vista social,  averiguando quienes integran esas masas de hombres que se han tomado muy en serio el viejo oficio de matarse mutuamente. Indagan estos sobre  los intereses económicos y políticos que realmente se ocultan en el humo del combate. En fin, buscan el impulso que los llevó a empuñar el sable o el fusil.
Unos han concentrado todo su interés en la forma en que se dispara, los otros él por qué se dispara.   Fronteras inviolables se extienden entre ambos grupos. Los primeros miran con cierto desdén a los segundos. Los consideran una especie de intrusos en los muy vedados predios de la historia militar. Pueden sentirse realmente muy orgullosos de su quehacer, pues en cierta forma la historiografía misma dio sus primeros pasos guardando la memoria de paladines militares y combates. Los segundos consideran a los primeros como unos  dinosaurios salvados de épocas pretéritas. Recurren con mucho encono a tomarlos como ejemplo de lo que no se debe hacer.  Para ellos lo más importante no es el alcance del cañón “Gran Berta”, sino si los artilleros eran obreros, campesinos o maestros de escuela.
Es cierto que detrás de cada tirador de Waterloo hay  infinidad de motivaciones e intereses de  pertenecer a  determinado grupo o clase social. Pero no todo se puede explicar recurriendo a lo no visible de la decisión de disparar. Las guerras, querrámoslo o no, tienen también sus límites y condiciones muy precisas.  Habrá que conocer el alcance y la cadencia de fuego de los fusiles de cada bando para poder explicarse también los resultados de una guerra. Será necesario al mismo tiempo conocer las motivaciones e intereses para explicar por qué un campesino inglés estaba precisamente en Waterloo y no en su aldea. Ambos temas tienen el mismo nivel de interés en el estudio de una guerra.
Es asunto obligado  romper esas fronteras entre las dos formas de explicarse el combate y tratar de recurrir a un modo nuevo de comprender  el asunto bélico sin darle primacía a uno u otro criterio. Recurrir a una especie de  “historia de la guerra” donde se incluyan en igualdad de condiciones todos los mecanismos que  existen para tratar de comprender tan peliagudo asunto,  como la humanidad se pica mutuamente la testa desde sus mismos orígenes.
En las guerras irregulares el asunto es mucho más complejo y apremiante, muy en especial en las llamadas guerras coloniales. A lo puramente historiográfico se agrega la desconcertante situación de intereses actuales creados y recreados. Para las antiguas metrópolis, que en algunos casos en parte lo siguen siendo, sino en el sentido material sí en el   intelectual, se encuentran ante una situación  desconcertante­: reconocer que un grupo de desarrapados negros, mulatos o blancos, estos últimos de color muy sospechoso,  desmontaron a machetazos a sus orgullosos Dragones de la Reina o degollaron a sus selectos infantes del Regimiento del Rey.
En el caso de los antiguos países coloniales el asunto es más complejo. En especial en América Latina, pues se está ante la historia fundadora. “Sagrada Madre Nuestra” [1] llama Martí a la guerra de 1868.( 3)
Los mismos orígenes de la nacionalidad  se remontan a aquellas contiendas. Lo que en otros lares son mitos y leyendas en este lado  del océano es inicio muy cierto de todo. El proceso de surgimiento de la nacionalidad esta muy vinculado a las guerras de independencia. Para el historiador dominicano Roberto Cassá:“...la guerra restauradora fue el acontecimiento histórico de mayor relevancia en la gestación de la nación dominicana y de la conciencia nacional...” (4)
Mientras su colega cubano Jorge Ibarra afirma:  “La tarea histórica central de las gestas revolucionarias del 68 y el 95 consistió en preparar el advenimiento y  consolidación de la nación cubana...” (5). Esto crea un verdadero compromiso con aquellas contiendas. No podemos verla como una simple lucha de partidas contra el gobierno. Sino como un complejo proceso ligado a sentimientos vitales de nuestros pueblos. En las actuales circunstancias en que vive el mundo las guerras de independencia de Haití, Dominicana y Cuba adquieren singular relieve. Demuestran  las posibilidades que han sido capaces de argumentar los antillanos para dar solución a sus problemas. En ese sentido las guerras de independencia no es un camino del pretérito.          
La interpretación histórica esta regida por las posibilidades que pueden brindar a estas islas en la actualidad. También no deja de tener importancia que el tiempo no ha llegado todavía con su piadoso manto de distanciamiento. Hoy cualquier caraqueño que se tome el trabajo de andar en el pasado podrá encontrar sin muchas indagaciones un tatarabuelo en las tropas bolivarianas. Será más difícil similar situación para un madrileño que busque sus raíces en las huestes del Mío Cid.
Si las metrópolis nos dejaron sus lenguas y muchas de sus costumbres, también nos quedamos con sus criterios de ver y homenajear al pasado. De esa forma hemos constituido una historiografía al estilo muy de “allá”. En los textos de historia  resaltan batallas desconcertantes y multitudinarias que por el número de participantes ponen en aprietos a los demógrafos que se encuentran con poblaciones reducidas para sustentar batallas tan descomunales. Se han descrito cargas de caballería y sitios portentosos. Se ha olvidado por entero la sacrosanta diarrea y su papel resolutivo en muchas de aquellas contiendas.
El arte se ha apropiado de ese sentido del mito. En pinturas y films aparece y se repiten escenas grandiosas  del encuentro feroz de patriotas y colonizadores, en acciones donde pocos se preguntan de donde los primeros han sacado tanto parque para que rara vez se les agote. La duda es mayor si nos enteramos que los irregulares no contaban con logística.  Se han levantado estatuas y grupos escultóricos a los principales protagonistas de aquellos hechos con relucientes uniformes,  poses y armas que en una selva sudamericana o en una sabana antillana dejarían al patriota prácticamente indefenso ante el más ineficaz soldado colonial. Estamos ante los mitos nacionales, que en nuestro caso, no hay que buscarlos en leyendas, si no en acontecimientos históricos muy recientes y que  perfectamente brindan la posibilidad de ser historiados y analizados.
Desmontar tales mitos no es aconsejable ni probable. Hay que dejar algo a estos pueblos atenazados por transnacionales de origen impreciso pero de métodos sistemáticos en saquear economías, que nunca han sido nacionales, a su gusto y conveniencia. Estamos ante un dilema. Tal parece que hay bastantes problemas hoy para intentar también llenar de imprecisiones  un pasado que se tiene por glorioso en un sentido muy europeo. Pero al mismo tiempo nos surge la duda de por qué debemos analizar lo ocurrido “acá” a semejanza de lo de “allá”. El mismo desarrollo de la historiografía moderna nos ofrece amplias posibilidades para husmear en el pasado con otros instrumentos.

LA SOLEDAD DE LOS ANTILLANOS

Sorprende el hecho de que no se ha intentado hacer un estudio de las guerras de Cuba enmarcándola en el marco de las Antillas. Casi siempre los análisis elaborados en ese sentido tienden a resumir la solidaridad de los pueblos de la región con los revolucionarios cubanos. Existen numerosos ejemplos de esa solidaridad de los antillanos con los independentistas cubanos. Pero no se ha realizado una valoración de las características de las contiendas de liberación realizadas en la región. Entre finales del siglo XVIII y   del XIX, en las Antillas Mayores se efectuaron cinco grandes contiendas que aunque cada una tuvo orígenes y características muy propias las situaciones geográficas,  sociales y económicas  crearon un hilo conductor entre todas ellas. Nos referimos a la revolución de Haití, la guerra de Restauración de Santo Domingo y las tres guerras de Cuba (1868, 1879 y 1895).
El primer aspecto a destacar es que nos encontramos ante un conjunto de islas, el espacio es limitado. Incluso en la mayor de las Antillas, Cuba,  las dos primeras guerras de independencia se desarrollaron en la parte oriental y central solamente.
No estamos ante el territorio casi infinito en términos humanos que tenían ante sí Jorge Washington y Simón Bolívar. Por lo menos teóricamente son territorios que se pueden ocupar y en ocasiones se ocuparon por un ejército numeroso y bien organizado. Tampoco se pueden emprender retiradas donde el espacio puede ser un aliado tenaz en caso de derrotas momentáneas. Por su condición de islas las costas pueden ser vigiladas por una flota de guerra. 
La población era también reducida. Haití contaba con alrededor de medio millón de habitantes. Santo Domingo con unos 250 000 habitantes. Cuba tenia  en 1877, en la postrimería de la primera guerra, con 1509 291 habitantes. En 1887, ocho años antes de iniciar la última contienda la población alcanzaba la cifra de 1 631 687  vecinos. (6)
En definitiva que apenas contaban  con poco más de millón y medio de personas para su empresa independentista. Además una parte  de la población apoyaba a la Metrópoli. Algunos de una forma muy activa. En Haití junto a los franceses combatían tropas negras. Santo Domingo aporta al esfuerzo colonial las famosas y aguerridas reservas dominicanas. Estos sumaban alrededor de 12000 hombres. (7) En Cuba pelearon en el bando hispano con singular valor las guerrillas. El cuerpo de voluntarios protegió las ciudades y poblados. También de sus filas salieron no pocos batallones que operaron en el campo de batalla.
El esfuerzo de las potencias coloniales es realmente gigantesco. Francia olvidando sus guerras europeas mandó  a Haití 55 132  militares. (8) Los españoles también hacen un sacrificio que asombra en Santo Domingo y Cuba. En esta última lanzan a las sabanas y los bosques en las dos primeras guerras 208 597 militares.  En la tercera guerra, entre 1895 a 1898, llegaron a las costas de la isla   219 858 militares. (9)
La tendencia a permanecer en las Antillas todavía está en el trasfondo de las viejas y nuevas potencias coloniales. Francia,  Inglaterra y los Estados Unidos  mantienen colonias bautizadas con nombres  elegantes y tiernos.    
En general los antillanos se baten solos. Haitianos, dominicanos  y cubanos no reciben apoyo importante del exterior en sus guerras. Haití le dio cierto respaldo a los restauradores. Algunos países latinoamericanos reconocen la República de Cuba. Por lo menos se organiza una expedición con material de guerra en uno de esos países. Pero el apoyo aunque encomiable es más simbólico que real, si se tiene en cuenta lo ilimitado de los recursos de los colonialistas. 
Todos estos factores han determinado que  el combate tenga un papel secundario. En las Antillas no nos encontraremos con un Ayacucho o un Yorktown. La imaginación, posterior a los hechos, de historiadores y políticos ha logrado subsanar tal asunto y evitar  un verdadero trauma nacional. No podemos olvidar que la referencia para juzgar el pasado tiene un poderoso trasfondo de historia militar tradicional impuesto por la cultura de la metrópoli.
En cierta forma las metrópolis nos han exportado sus Austerlitz y Waterloo. No nos parece nada honroso reconocer la importancia definitoria  de la escaramuza. Tampoco es elegante reconocer que el combate  en las guerras de independencia de  las Antillas es asunto muy secundario y que nada decide que no sea mantener la guerra. Es esta en esencia guerra de pequeñas partidas de resistencia prolongada. Las causas de los fallecimientos de los militares coloniales lo demuestra.
En la revolución haitiana las fuerzas francesas son virtualmente diezmadas por las enfermedades.  Hasta el general en jefe Lecler perece de fiebres.  En dominicana las bajas españolas en la contienda de Restauración  fueron de  486 muertos en combate y 6854 de enfermedades. (10 )
Las guerras de Cuba son los ejemplos más elocuentes. En la guerra de 1868 a 1878 los españoles reconocieron que entre el primero de noviembre de 1868  al primero de enero de 1878 tienen un total de 145 884   fallecidos. De ellos por causas de enfermedades 133 555, en combate 12 329. Además  quedaron inútiles por heridas y fueron licenciados  1612 y por enfermedades se encontraron en esa situación  37 728. De esa forma tan solo él 8.4  por ciento murió en combate (11) En la guerra de 1895 a 1898 solo el  3.18 por ciento de los militares españoles  murieron en combate. El resto de enfermedades. (12)
Esta realidad ha llevado a que algunos autores señalen que estas fueron guerras más contra los microbios que  contra hombres. Lo que no se ha comprendido que esta es una características en general de las guerras irregulares pero muy en especial de las Antillas. Las enfermedades forman parte del conflicto.
Un historiador español contemporáneo de las guerras cubanas  hacía un interesante razonamiento.

     El principal enemigo que tenemos en Cuba no son los
    insurrectos ,es el clima .Con todas las apariencias de
    benigno ,es mas con serlo realmente cuando se vive en
    el con las precauciones que acredita la experiencia, castiga
    con el mayor rigor al individuo , y hace los mayores estragos
    en las masas cuando estas precauciones dejan de guardarse- -(13)

Este criterio es cierto. En Cuba vivía una numerosa inmigración peninsular que bien alimentada y cuidada lograba sobrevivir por muchos años al clima tropical. Lo que sí era mortífero no era el clima sino la existencia de las guerrillas insurrectas. Las tropas españoles debían de hacer un esfuerzo considerable para liquidarlas. Tenían que realizar prolongadas caminatas, vivir a la intemperie en medio de una constante tensión, tomando aguas de charcos de sabanas o arroyos intermitentes. Todo esto iba desgastando la resistencia de estos individuos a las enfermedades tropicales. Muy cerca de los hospitales donde estos hombres morían por cientos residían emigrantes españoles que demostraban con su longevidad, según los parámetros de la época, de que más que las enfermedades lo realmente mortífero  era la guerra y la resistencia de los mambises. El mismo autor citado anteriormente, nada amigo de los cubanos así lo refleja en su obra: ...los planes de persecución mas famosos ,las combinaciones  mas activamente seguidas para prender o destruir á determinados cabecillas ,han sido siempre los mas fecundos en desastres sanitarios- - (14)

Lo que llevo a la hecatombe a todo un ejercito no fueron media docena de grandes combates sino  la partida reducida de guerrilleros. Hay muchas  hazañas sin historiadores en esa veintena de hombres dirigidos por un caudillo de barrio. Hambrientos, desarmados o mal armados, arrastrando sus harapos por bosques y sabanas, buscando en sembrados abandonados un poco de boniato, robando plátanos y yucas de zonas de cultivos enemigas, muchas veces al costo de la vida de uno de ellos, huyendo a la desbandada ante la presencia del enemigo superior en armas y parque. Así años tras años con un nivel de obstinación y resistencia que asombra a todos. Estas gentes sin historia son los que han obligados a los ejércitos coloniales a lanzarse en una persecución irreal. Los agotados soldados europeos han ido perdiendo las defensas elementales ante el infinito mundo de microorganismos y parásitos de todo tipo que los acechan en los charcos y riachuelos intermitentes de las sabanas antillanas. En la persecución obstinada a la partida de desarrapados se olvidan las reglas higiénicas elementales que desembocarán en la hecatombe de ejércitos enteros.
Pese a los criterios muy creídos  por vecinos de otras latitudes que en estas islas la persistencia es escasa la historia militar nos ofrece otra lectura de tal asunto. Lo determinante en las guerras antillanas no son los grandes combates sino el nivel de resistencia de estos pueblos contra las metrópolis.  La persistencia, la obstinación es el arma fundamental de estos hijos del sol y el mar.   La acción bélica como tal es asunto secundario. Incluso importa poco quien venza en el sentido militar tradicional.  La mayoría de las acciones combativas entre los insurrectos y los colonialistas son victorias indiscutibles de estos últimos. Los soldados de la metrópoli casi siempre quedan dueños del campo de combate. 
Hemos tomado al azar una de estas acciones llevada a cabo por una unidad española destacada en Las Villas en 1870. El jefe hispano escribió en su diario de operaciones:

...En la madrugada de este dia al practicar con 30 hombres un reconocimiento en el bosque de la finca llamada de Jurope a dos leguas de este fuerte alle un rancho del cual apenas fue divisada la vanguardia salieron huyendo de unos 12 a 15 hombres haciendo fuego en su retirada. Inmediatamente dispuse quedarse un sargento con la mitad de la fuerza para hacerse fuerte en el rancho y custodiar algunas mujeres que había en él y con la otra mitad seguir persiguiendo a los fugitivos por espacio de media hora haciéndoles varios disparos a que contestaron con poca regularidad y concluyendo por dispersarce e internarse en espesuras tales que fue preciso desistir de darles alcanse. Vuelto al rancho hallaron en él seis personas y cuatro a sus inmediaciones en el bosque dos de estas heridas ... (15)

Este tipo de descripción se repite con gran frecuencia en los informes españoles de la guerra de Cuba de 1868. No hay duda que estamos ante una espléndida victoria de este destacamento. El enemigo ha sido dispersado y los soldados de la metrópoli han quedado dueños del campo. No le discutamos este momento de júbilo y gloria al bravo oficial que guía esta fuerza. Aunque hay un asunto interesante. Para lograr tal victoria el estado español ha debido dislocar en esta comarca decenas de pequeñas unidades como estas que suman en el contexto del país decenas de miles de hombres. Hay otra realidad   cada uno de estos hombres debe de ser alimentado, cobijado, vestido, parqueado, relevado, curado de sus enfermedades que son muchas, todo esto cuesta dinero. Es en esta realidad material donde está el poder de estas pequeñas partidas guerrilleras. 
Esta tropa derrotada, perseguida, dispersa en el bosque acabará reuniéndose en torno a su jefe.  Hambreados, sin parque, con escasas armas, la mayoría con anemia por la alimentación insuficiente, marcharán por la espesura rehuyendo emboscadas y patrullas  enemigas soñando con  encontrar en algún sembrado abandonado un puñado de yucas o boniatos. Sin saber que ellos son protagonistas de una de las mayores hazañas de la historia militar del continente americano.

AL DESAFIO DE LA PUNTERIA DE PEONES Y VAQUEROS.

Exceso de bahías, ensenadas y playas solitarias conforman el litoral de la isla de Cuba. Es una realidad geográfica que despierta en la imaginación del viajero la tendencia a lo subversivo. A lo que poco o nada se puede controlar por guardacostas y aduaneros. El entablado de tanta costa tiende a reducir los límites de lo que es posible gobernar al gusto de  los que detentan el poder en la isla. El asunto siempre   ha desvelado a los dueños del país. Los malos ejemplos dados por vecinos más o menos cercanos pueden tener brusca resonancia acá. Tales ejemplos pueden llevar a que una   dotación de esclavos pase a filo de cuchillos a amos demasiados rigurosos o que una porción de la población, agobiada de impuestos y mordazas políticas, amanezca en el camino real derribando a filo de machete a los jinetes de la Reina.
Hubo buen cuidado en ir conformando límites precisos en las fronteras y cerrándolas a sediciosos.
Se fue conformando un  mundo subversivo  en las inmediaciones de la isla de Cuba que tendía a contaminar a los siempre fieles vecinos del gran caimán verde. El asunto era realmente tenebroso. En la isla a mediados del siglo XIX residían unos 344 615 esclavos.(16)
Era además, la posesión más rica del menguado imperio hispano.  El primer gran miedo lo conformaron los haitianos con su revolución y su estado gobernado por negros.  El imperio  español hizo todo lo posible e imposible por mantener alejado a los subversivos. Esta situación se puso en evidencia cuando un grupo de antiguos esclavos de Saint Domingue se  unieron al frustrado esfuerzo español  de reconquistar esa parte de La Española.
Ante el fracaso del intento se dispuso trasladar a los negros que habían combatido con los españoles a Cuba. El gobernador  de Cuba se apresuró a informar de lo delicado de la situación creada por esa decisión:

            Esta noticia ha llenado de terror a los habitantes blancos de la
            Ciudad y de la isla, cada vecino cree ver el momento de la insu-
            rrecion de sus esclavos, y el de la desolación universal de esta
            colonia en el momento de la aparición de estos personajes, escla
           vos miserables ayer héroes hoy de una revolución triunfantes,
           opulentos y condecorados; tales objetos no son para ser presen-
           tados a la vista de un pueblo compuesto en la mayor parte de
           hombres de color que viven en la opresion de un numero mas
           corto de blancos. * (17)
Los militares negros fueron dispersados por diferentes territorios del imperio La Florida, Yucatán, Costa de Mosquitos, Portobelo, Trinidad e incluso la propia Península recibieron a los esforzados y pocos apreciados defensores del imperio hispano.  
La República Dominicana había obtenido la independencia de España en 1821. Poco después fue anexada a Haití. En 1844 luego de una intensa guerra se separó de ese estado y se constituyó en República. En 1861 el gobierno dominicano solicitó y obtuvo la anexión a España. Muy pronto una parte considerable del pueblo y muchos de la élite del gobierno que habían propiciado la anexión comprendieron el grave error que habían cometido. La metrópoli los trató como una colonia más.  En 1863 se iniciaba la guerra de independencia conocida como La Restauración.
En 1865 España fue expulsada definitivamente de Santo Domingo.  Geográficamente Santo Domingo  estaba cerca. Existían tradicionales  relaciones entre ambos países. Al oriente de la isla había inmigrado una cantidad de dominicanos desde principios del siglo XIX. La cifra exacta se desconoce pero es frecuente encontrar en la primera mitad del siglo la presencia de dominicanos en la documentación colonial cubana. Luego con altas y bajas las relaciones se mantuvieron. A Cuba arribaron vecinos de Quisqueya huyendo de las numerosas contiendas que envolvieron el país al obtener la independencia.
La anexión  fue el acontecimiento que vínculo más estrechamente ambas islas. Cuba fue la base desde donde se fraguó la anexión. Al estallar la guerra por la independencia gran parte de las fuerzas militares de la capitanía general de Cuba se trasladaron a Santo Domingo. Según el historiador dominicano  Cordero Michel, 10 000 militares del ejército de Cuba y Puerto Rico  tomaron parte en la lucha contra los patriotas dominicanos.(18)
La derrota de las fuerzas colonialistas en la guerra librada contra España por los patriotas quisqueyanos repercutió profundamente en Cuba. Pese a la censura hispana en la práctica no había forma de ocultar esa triste realidad. La mayoría de las fuerzas españolas se retiraron hacia Cuba. Como la capacidad de los buques no era suficiente para trasladar en un solo viaje a los derrotados  militares se dispuso que cada embarcación realizara más de un viaje. Para utilizar mejor a estos se ordenó que el traslado de tropas debía de realizarse tan solo a los puertos y embarcaderos situados entre Nuevitas y Santiago de Cuba el territorio más cercano de Santo Domingo (19)
Para evitar la acumulación de estas fuerzas en los puertos se dispuso la dislocación de parte de ellas en diferentes poblados del interior de la región oriental y en Camagüey. Un ejemplo de esto era que  una de las compañías de la extinta brigada de Azua y Baní fue enviada a la ciudad de Camagüey. De esa forma los cubanos fueron testigos del paso de estas derrotadas huestes. Es de pensar que muchos de estos veteranos se entregarían a largas narraciones en tabernas y bodegas. Como es ancestral costumbre entre los que han estado en una guerra contaron sus muchas hazañas reales e imaginarias. También incluyeron en los relatos los sufrimientos y las derrotas. De esa forma cada militar  se convirtió en un divulgador de la derrota. Esta había sido verdaderamente esplendorosa para los caribeños y muy sufrida y humillante para los hispanos. La metrópoli había realizado un considerable esfuerzo para extinguir la sublevación. Desde la península fueron trasladados unos 41 000  militares, además de los referidos desde Cuba y Puerto Rico. Habían mantenido movilizados permanentemente a gran cantidad de  dominicanos que le eran fieles a la metrópoli.
Existía otro asunto más complejo. Una parte de la población dominicana apoyó la anexión. Este sería un tema en extremo sensible para el futuro de Cuba. Por los menos  12 000 dominicanos   integraron las fuerzas auxiliares del ejército español. (20)
La metrópoli decidió no dejar abandonado a quienes le habían mostrado tanta fidelidad. Se decidió evacuar a la oficialidad que estuviera dispuesta a emigrar. Mientras a los soldados de fila se les dejarían las armas.
Se dictó una  real orden, el 10 de enero de 1865, que  disponía: “... que no se desatienda y por el contrario se ampare y se proteja a los     generales , jefes y oficiales de la reserva de este país”. (21)
Pero muy pronto las autoridades metropolitanas se dieron cuenta de lo peliagudo del asunto. El destino de esta gente  creaba un serio problema para la estabilidad futura de Cuba. El capitán general de Santo Domingo hizo un interesante razonamiento:
      ...el mayor número pertenece a la raza de color, siendo negros y mulatos
         generales, brigadieres y jefes de todas las categorias (...) la mayor parte
         de estas personas desearían ir a establecerse a las vecinas islas de Cuba
         y Puerto Rico, para buscar en ellas además de la protección del gobier-
         no la analogía de costumbre idioma y religión. Los hombres de este país
         nacidos en la libertad acostumbrados al goce de todos los derechos 
         políticos y civiles, y disfrutando de las ventajas de todas las categorías
         sociales llevarán sus hábitos y su altiva condición a unas posiciones
         donde existe la esclavitud, sirviendo en ellas de pernicioso ejemplo para
         los esclavos y libertos de su propia raza. (22)
Las autoridades españolas muy pronto se dieron cuenta de estas circunstancias y tomaron medida para evitar el deplorable ejemplo que podían dar los dominicanos negros y mulatos a los cubanos. El 25 de mayo de 1865, el capitán general de Santo Domingo le escribía al jefe militar de Baní:
         No debe  haber distinción de clase ni de razas para apreciar los
         merecimientos de cada uno y concederles la protección a que se
         hayan hecho acreedores, pero no puede admitírseles indistintamente
         la elección del país de su futura residencia al abandonar a Santo
         Domingo. A la isla de Cuba por ejemplo no podrán ir los hombres de
         Color, y aun con los blancos habra necesidad de ser circunspectos
         en la designación de aquellas personas a quienes se permita fijar allí
         la residencia. (23)

Los dominicanos fieles a España se podían establecer en la Península, Puerto Rico, las Islas Canarias , las Baleares, las posiciones españolas de Africa. Pero en ningún caso en Cuba. Pese a las muchas preocupaciones y medidas tomadas por los españoles un grupo de dominicanos se establecieron en el oriente de Cuba.
Según el historiador dominicano Rodríguez Demorizi, en 1866, se habían establecido en  Manzanillo catorce dominicanos . Es interesante dar una mirada  al listado de los que se establecieron en esta jurisdicción. Algunos de ellos la  abandonaron posteriormente  y se instalaron en la cercana jurisdicción de Bayamo.
Es significativo  que en el territorio donde estalló la revolución se encontrara un número tan importante de altos oficiales del ejército dominicano. La mayoría de estos individuos se unieron a las fuerzas libertadoras. Ellos eran:
Mariscal Modesto Díaz Alvarez.
Brigadier Francisco Javier Heredia.
Coronel Manuel Javier Abreu
Idem Manuel Frometa
Teniente coronel Toribio Llepez
Teniente coronel Santiago Pérez
Comandante Rufino Martínez
Comandante Máximo Gómez
Capitán Juan Gómez
Capotan Carlos de Soto
Subteniente Ignacio Díaz
Capitán Luis Marcano Alvarez
Capitán Felix Marcano Alvarez (24)
Todos ellos habían actuado con gran fidelidad hacia España durante la guerra de Restauración. En Cuba durante la guerra de 1868  una parte   combatieron al lado del colonialismo español hasta las últimas consecuencias. Entre estos se encontraba por ejemplo  el general Jose Varela. Este se destacó por su inteligencia y temeridad en la persecución de las fuerzas libertadoras. Llego a ganarse una alta consideración entre los jefes y oficiales españoles. El terrible Weyler Nicolau al abandonar su mando en Cuba en 1897 visitó al connotado represor, ya retirado del servicio,  en su casa particular. Varela no fue una excepción. Otros muchos siguieron sus pasos. 
Al mismo tiempo un grupo de  dominicanos se unieron al ejército libertador y jugaron en los primeros años  un papel fundamental  en la guerra contra España. Estos han sido los más recordado. Los fieles al integrismo han sido olvidados en Las Antillas y la Metrópoli. Pese a la probada fidelidad de un grupo la fama subversiva  de los dominicanos alcanzó un matiz antológico. Las autoridades consideraban como un agravante de los sospechosos de colaborar con los insurrectos el ser de esa nacionalidad.
Un informe de las autoridades coloniales  de los primeros días del alzamiento, al referirse a un dominicano ,  establecido en el oriente de Cuba  y sobre el cual se tenían sospechas de colaborar con los insurrectos.  agregaba en el expediente que se le hizo:     Es de los emigrados de la vecina isla de Santo Domingo, los cuales  en su mayor parte han tomado una participación demasiado activa  en la  traidora e injustificable rebelion que lamentamos... (25)
¿Por que un grupo de estos hombres y mujeres escogieron el sendero de la insurrección.?
No es asunto fácil ante tal reducido número de individuos hacer una generalización. En la decisión de cada uno había mucho del trasfondo que forja la individualidad. Pero al mismo tiempo nos encontramos con asuntos comunes, implícitos en la sociedad en que vivieron, que nos permiten ir más allá de los marcos estrechos de la biografía; para intentar entender el trasfondo de la decisión que los llevo al campamento mambí.
Un asunto evidente, a simple vista, eran las diferencias notables entre ambas sociedades. Los dominicanos vivían en un país libre. Es cierto que de una gran inestabilidad política. No habían sido capaces de administrar correctamente su libertad. Pero la misma decisión de retornar al seno del imperio español era una prueba inequívoca de la mucha libertad que gozaban. No padecían la sumisión y el abotagamiento de los pueblos que soportan largas tiranías. 
Aunque en esencia la historia de los dominicanos que se unieron a los libertadores cubanos no difiere de los que continuaron fieles a la metrópoli. Todos se destacaron por su acción a favor de la anexión de su patria. Veamos algunos ejemplos. A Máximo Gómez el mando militar hispano en Santo Domingo le otorgó el grado de comandante, por su actitud en la retirada de  San Jose de Ocoa, el 13 de octubre de 1863. (26)
Modesto Díaz prueba su fidelidad en numerosos combates. Incluso es hecho prisionero por las fuerzas insurrectas junto a otros oficiales dominicanos al servicio de España. Logran desarmar al oficial que los custodia y escapan. Se internan  en el bosque rehuyendo la persecución de los revolucionarios hasta que se unen a una columna hispana.(27)
Modesto Díaz abandonó Santo Domingo con el grado de general de división  de las reservas dominicanas. En julio de 1865, Jose de la Gándara, el capitán general de la isla de Santo Domingo, luego de detallar en un documento los numerosos méritos contraídos por Díaz en sus actividades en el ejército hispano agrega que: “...deja todo lo que constituía su fortuna, por seguir la Bandera Española, dando con esto nuevas pruebas de su lealtad y amor a España...” (28)
Felix Marcano Alvarez al estallido de la revolución, en agosto de 1863, es sargento primero. De inmediato se unió a las fuerzas hispanas. Fue hecho prisionero al inició de la sublevación. Se fugó y se unió de nuevo a los españoles junto con su hermano Luis Marcano. Resultó herido en una acción. Se le otorgó la Cruz Carlos III, por sus méritos alcanzados en la guerra de restauración en defensa de España. El 29 de agosto de 1864 fue ascendido a capitán por el valor que mostró  en los combates realizados en la zona de San Cristobal entre el 19 y el 28 de abril de ese año.
La decisión de todos ellos de seguir al derrotado ejército hispano es una prueba  evidente de su fidelidad. Incluso una parte considerable de ellos querían continuar militando en el ejército español.  De inicio no se sienten menospreciados en Cuba por sus colegas españoles.
Francisco Marcano se encontraba en Manzanillo en abril de 1866. Tenía  32 años de edad y estaba  casado. Pidió continuar como miembro de las fuerzas armadas españolas. Felix Marcano Alvarez, hermano del anterior, el 13 de abril de 1866 tenía 23 años de edad y demostró su disposición de continuar en las filas del ejército
Luis Marcano Alvarez, informo a un oficial español:  ¨ que su deseo respecto a su ulterior destino es ser clasificado para su colocación en el  Ejercito¨  (29)
Un caso interesante es el del coronel Manuel de Jesús Javier Abreu Romero. Esta figura poco conocida nos puede revelar un criterio de los hispanos sobre los dominicanos. Abreu Romero llegó a Santiago de Cuba con el vencido ejército colonialista. Se estableció en Manzanillo y expreso desde los primeros momentos  que sus deseos eran: “...ser clasificado para su colocación en el Ejército....” (30)

Pero el criterio del mando militar de Cuba era muy diferente a las aspiraciones de los dominicanos. No se creía conveniente  incluirlo en el ejercito español pues:  Los individuos del antiguo Ejercito de la Republica de Santo Domingo, Ignoran todos los ramos de la instrucción militar en el cual no existia organización regular ni disciplina; que el carácter y habitos de aquellos habitantes difiere muchos de los nuestros y principalmente en la cuestion de razas... (31)
Este criterio era bastante frecuente en los informes españoles sobre estos fieles y sufridos oficiales dominicanos. Estos hombres tenían un alto concepto sobre su oficio militar. Este representaba para ellos un sentido de la vida. El sentirse rechazados por quienes hasta ayer habían sido sus compañeros de armas  debió de ser desconcertante. Además, en Santo Domingo, militares españoles y dominicanos combaten enérgicamente contra los independentistas. La acción militar, la constante movilidad, el vertiginoso desarrollo de las operaciones ponía en un segundo plano el desprecio que sentía la oficialidad hispana por los antillanos. En su país estos individuos formaban parte de la elite del poder colonial, por lo que tenían otras consideraciones de las autoridades.  Pero la realidad era muy distinta. La oficialidad hispana sentía desprecio por sus improvisados colegas. Este desprecio se acrecentaba si  corría sangre africana por las venas de estos oficiales antillanos, asunto bastante frecuencia en un país con una abundante población negra y mestiza. Además, a estos hombres debió de golpearle profundamente la existencia de la esclavitud en la isla y en general lo injusto del sistema colonial.
En Cuba bruscamente se encontraron en la misma situación que los cubanos. Eran gente de segunda categoría a los ojos de los amos de la isla. La mayoría fueron pasados a retiro y abandonados a su suerte.  Al lado de estos prepotentes y muchas veces ignorantes funcionarios y militares coloniales los dominicanos se encontraron con otra realidad. La población cubana le ofreció una comprensión y solidaridad cotidiana. Además se encontraron con un grupo de cultos y sensibles terratenientes y profesionales cubanos que debieron de causar una honda impresión en estos hombres de rudas costumbres. Es de pensar los criterios que debieron de tener los hermanos Márcanos de un hombre como Carlos Manuel de Céspedes. Educado en Europa de una cultura poco común y al mismo tiempo cercano a la vida de los campesinos y monteros  orientales.  
Estos hombres se compenetraron con la población de la isla. Por ejemplo el Coronel Manuel Javier Abreu estableció una escuela en Ti Arriba (32) Allí se incorporó al movimiento revolucionario. También un sobrino de Manuel, llamado Francisco Javier Abreu Licairac, se unió a la insurrección. Al igual que los hermanos Francisco y Antonio Delgado. Todos murieron junto a Manuel en enero de 1869 combatiendo contra España (33)
Máximo Gómez una de las pocas leyendas reales que ha gozado la isla, expresó pocos meses después de su llegada de Santo Domingo expreso a las autoridades que sus deseos respecto a su ulterior destino son ser clasificados para su colocación en el Ejercito (español) (34)

Gómez, en el momento de levantarse en armas, ostentaba el grado de comandante de las Reservas de Santo Domingo. Pese al desprecio que sentían las autoridades españolas por los dominicanos, para los vecinos su incorporación a la revolución debió de despertar muchos comentarios. Pero sobre todo ejerció un ejemplo desastroso para el integrismo. (35)
Generalmente el impacto de la guerra de Restauración en la revolución cubana se valora por el efecto económico que causó en el tesoro de la isla. Esa aventura colonial fue sufragada por la capitanía general de Cuba lo que incrementó las dificultades económicas de la isla. También se considera como la influencia más decisiva en la revolución cubana el destacado papel de un pequeño grupo de dominicanos que militaron en las filas libertadoras.
Aunque ambos acontecimientos fueron muy importantes el factor desestabilizador de la guerra de Restauración fue el acontecimiento en sí. Es decir, la derrota de España por un país de condiciones bastante parecidas a Cuba. Además, otro asunto en extremo importante es que fue imposible ocultar la magnitud de la derrota en Cuba, en especial en la parte oriental. Cada soldado trasladó a Cuba  una página subversiva imposible de acallar ni censurar. La imagen de la derrota se grabó en la memoria popular cubana. La Restauración navegó en el entramado social que alimentó el impulso del 68. Calixto García en una de sus proclamas a los cubanos afirma que: Antes de mucho veréis el final de la obra que empezó con el   cobarde  abandono de Santo Domingo seguirá con el de Cuba y concluirá con  el de Puerto Rico último baluarte de la   tirania goda en América. (36)

La guerra de los mexicanos contra el imperio de Maximiliano es quizás una de las  más esplendorosas y simbólica de las libradas por los americanos. Ahora el rey derrotado no quedaba lloroso y asustado por la grave perdida de sus colonias en un palacio europeo. Sino que era conducido por indios y mestizos hasta un  paredón  y sometido como cualquier bandido de pueblo al desafío de la puntería de peones y vaqueros. No se podía ni ocultar ni  disminuir el desastre en Cuba. Balandros y buques de porte hacían frecuentes viajes entre la isla y tierra firme. Algunos de los derrotados en México escogieron a Cuba por exilio.
Incluso la lejana guerra de los países sudamericanos del pacífico contra España  dejó alguna sombra sediciosa en la isla. Se dice que la bandera chilena sirvió de modelo a la primera imaginada y confeccionada por los sublevados. (37)
Por último dos monitores adquiridos por el estado peruano en los Estados Unidos en  marzo 1869 llegaron en su viaje hacia Perú a la bahía de Bariay en las  costas cubanas al agotárseles el combustible. Allí fueron apoyados en las labores de cortar y acarrear madera para sus calderas por el coronel  insurrecto cubano López de Guereño. Esto dejó una esperanza en los insumisos de que recibirían ayuda del Perú.  (38) Julio Grave de Peralta el general insurrecto que comandaba las fuerzas de esa zona hizo situar vigías en la costa esperanzado con que los peruanos le remitieran algunas armas.
Los Estados Unidos también jugaron un trasfondo revolucionario  en la masa de hombres y mujeres que tomarían el camino de la independencia. Lo más interesante del asunto es que la misma España había ayudado a divulgar el papel supuestamente sedicioso de la república anglosajona del norte de América.
Narciso López había organizado entre 1850 y 1851 dos expediciones para poner fin al dominio español en Cuba. Estas se habían preparado en los Estados Unidos.  En los momentos en que el venezolano preparaba sus expediciones las autoridades españolas organizaron una gigantesca operación en toda la isla que hoy llamaríamos de inteligencia militar.
La sorpresiva ocupación de Cárdenas por el general venezolano, que al frente de una expedición desembarcó en la referida bahía, creó un verdadero trauma en la capitanía general de la Isla. Se incrementó la labor de inteligencia con el establecimiento de vigías prácticamente en todas las costas. Estos debían de estar en comunicación constante con los puestos militares y autoridades más cercanas para lo que se abrieron trochas y caminos en los bosques. Se establecieron pequeños puntos de observación en ensenadas y bahías que hasta entonces apenas  habían conocido la presencia humana.
Toda esta actividad se realizó con la población local. Los vecinos de cada comarca fueron emplantillados en unidades encargadas de mantener esta vigilancia. Se explicó públicamente sobre los planes de los enemigos de España. Según la propaganda hispana se organizaban expediciones en la vecina república con entera libertad.   De esta forma en apartados rincones de la isla se hizo popular la actitud nada amistosa de Estados Unidos hacia España.
Se llevó a cabo una sistemática propaganda por las autoridades denunciando públicamente el apoyo de ese país a Narciso López y sus seguidores. Es posible que muchos de los vecinos de estos apartados barrios rurales no tuvieran una definición muy clara de que lo que eran los Estados Unidos. Una parte significativa de la población cubana era analfabeta. A partir de aquel momento si bien es posible que no lograran del todo intelectualizar el concepto donde estaba y que era aquella nación, comprendieron la  geografía sediciosa del vecino del norte. Este espíritu de alarma ante la organización de una expedición antiespañola en ese país continuó en boga por varios años. Todavía en 1855 en la jurisdicción de Holguín fueron detenidos dos individuos acusados de preparar las condiciones para apoyar la llegada de una expedición desde ese país. (39)
Un ejemplo elocuente de las dimensiones que había alcanzado, en la mentalidad popular, los Estados Unidos como un posible aliado del pueblo cubano en una futura guerra contra España fue el movimiento de Joaquín de Agüero. Uno de los acontecimientos políticos que más impactó a la sociedad criolla del oriente de la isla fue esta fracasada conspiración.  A diferencia del de Narciso López que se desarrolló en el occidente de la isla y con la participación fundamentalmente de extranjeros. La sublevación de Agüero no solo se efectúo en la comarca oriental, sino que en el estuvieron comprometidos varios individuos pertenecientes a antiguas familias criollas. En este movimiento también estaba el papel sedicioso de los Estados Unidos. Uno de los detenidos por aquellos acontecimientos declaró que el objetivo de la conspiración era:
         “...romper el yugo del gobierno de España para hacerse  independiente
            y contaba al logro de este proposito con fuerzas que vendrian de los
            Estados Unidos y con las de ellos mismos; pero que para esto era
            necesario que en cada pueblo de la  Ysla hubiera una junta para que
            esta se entendiera con la de Puerto Principe y obrase de acuerdo con
            el Plan...” (40)
Si la afirmación sobre la participación de fuerzas procedentes de los Estados Unidos era cierta o no poco importa. Lo real es que tal criterio se manejaba por la población local como una posibilidad. Por último la guerra civil estadounidense que puso fin a la esclavitud debió también de causar un impacto en la sociedad cubana. Por lo menos había una preocupación de las autoridades españolas para evitar que el ejemplo se extendiera en la isla. En Santi Espíritus fue detenido un ciudadano italiano que vendía unas láminas con la figura de Abraham Lincoln dándole la libertad  simbólicamente a un grupo de esclavos.
De esa forma fue llegando a la población cubana información sobre la potencial actitud de apoyo de los Estados Unidos a una sublevación independentista cubana. Pero la imagen creada en una parte de la población cubana y en especial en estas comarcas del oriente del país era que podían contar con un aliado en el vecino del norte.
Es posible que esto explique la actitud de la dirección revolucionaría de solicitar la anexión a los Estados Unidos. Para la mayoría de esta gente el vecino del norte era un viejo conocido. La posterior actitud del gobierno de los Estados Unidos acabaría mostrando que los intereses de ese país eran apoderarse de Cuba no lograr su independencia.
En menor medida Gran Bretaña aparecía ante la imaginación popular como un potencial aliado. En este criterio debió de influir la posición antiesclavista de ese país.  En 1844 David Turmbull que había sido cónsul de Gran Bretaña en La Habana visitó Gibara. Estaba  tras el rastro de un grupo de negros de las Antillas inglesas que habían sido trasladados como esclavos a ese territorio. El valiente y generoso escocés llevó a cabo una intensa búsqueda de aquellos infelices enfrentándose a los funcionarios y testaferros coloniales. Las autoridades locales acabaron por detenerlo y expulsarlo del país. Es posible que ese acontecimiento dejara alguna huella en la memoria popular. Pero en esencia la actitud antiesclavista de Gran Bretaña comentada y conocida con ejemplos concretos de barcos negreros apresados debió también de calar en el criterio popular. Estamos en un territorio donde la esclavitud no era importante económicamente.
Es por esto que en un  inicio  los sublevados creyeron que su causa recibiría apoyo de los Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países.  Pero esto no fue solo criterio de la élite de cultos terratenientes que encabezó la sublevación. La opinión caló en líderes locales.
En este sentido se puede valorar las palabras de uno de los caudillos  de la frustrada sublevación que se produjo en Guantánamo en 1868. Uno de los detenidos relató a las autoridades hispanas las palabras del insumiso:  

“ En el Norte de América públicamente se estaba reclutando   gente para ayudar a los revolucionarios, que ya habia mas de seis mil hombres que estaban para llegar de   un momento a otro...” (41)

El mismo líder en su arenga puso en evidencias las esperanzas puestas en la Gran Bretaña. En su discurso el insurrecto afirmaba que un buque español iba a bombardear una población controlada por los revolucionarios: “ ...pero una fragata inglesa le dijo al citado general que si   bombardeaba (...) lo bombardeaba a él”. (42)
Tal asunto es incierto. Los revolucionarios no llegaron a controlar ningún puerto. Ni ocurrió el incidente referido. Pero lo importante es que aquella gente lo creía.  Se tenía en general una confianza desproporcionada en las buenas intenciones de otros estados. El referido líder guantanamero expresaba: “ ......   que las naciones estranjeras aconsejaban a España  por un tratado  comercial que abandonase la isla porque  si asi no lo hacia la revolución triunfaría de todas maneras...” (43)
La imaginación popular extendió sus alas. Hay referencias a imaginarios desembarcos de fuerzas procedentes de los Estados Unidos. Incluso se creyó entre los revolucionarios que un buque  había bombardeado en diciembre de 1868 el puerto de Gibara. (44)
Tales noticias debieron de ser un incentivo para los sublevados. Tendía a justificar el alzamiento. No era este una sublevación en un apartado rincón del imperio español de un grupo de desconocidos terratenientes y campesinos. En la imaginación popular, tradicionalmente febril en el oriente de la isla, el movimiento sería reconocido por grandes potencias. Todo esto le daba un trasfondo de seguridad y en especial de legalidad. Era una forma de convencer y atraer a los indecisos de sumar hombres y voluntades a la revolución. Era en fin un mecanismo del alzamiento. Aunque había un pequeño problema. Tales criterios eran puramente imaginativos. Los revolucionarios cubanos estaban solos como siempre ha ocurrido con los antillanos en sus luchas de liberación.  ¿Podríamos considerar que fueron estas pérfidas invenciones de los insurrectos para atraerse a los timoratos?. Es posible que algún avispado caudillo local propagara tales criterios con el objetivo de fortalecer la revolución. Pero en ocasiones al estudiar el pasado creemos que muchos asuntos ocurrieron por decisiones y voluntad de los protagonistas. Sin embargo lo real es que en la vida cotidiana y en especial en momentos de revolución muchos acontecimientos se forjan y precipitan sin planificación ni lógica alguna. En ocasiones ni los mismos beneficiados con el asunto tienen nada que ver con ello. En este caso  era necesario creer en el apoyo internacional y este se produjo en la imaginación popular.
Lo importante para comprender los aspectos subjetivos y los hechos que influyeren en un período determinado no es tanto determinar lo que era cierto y lo imaginario sino en ocasiones lo que se creía.
Todos los intentos de aislar la isla de malas influencias fracasaron abruptamente cuando el 10 de octubre de 1868 un terrateniente cubano proclamó la independencia  de la isla.
Fue burla mayor para los hispanos el  que las guerras no estallaron entre la multitud esclavizadas de negros y mulatos. Fueron gente blanca y  amable, muchas de ellas educadas en universidades europeas, hijos de ilustres familias llegadas a estos predios en los inicios de todo. Poetas, músicos y escritores sensibles  un día encabezaron a una multitud dominada por  instintos  feroces. Propietarios de emboscadas traicioneras donde eran cazados con sadismo los infantes del rey.

CITAS

 

1.  Manuel Moreno Fraginlas, El Ingenio, Editorial  Ciencias Sociales, La Habana, 1978,  tomo 3,  p.p 35 – 38.

2.  Idem   p. 45.

 3. Instituto de Historia de Cuba, Las luchas por la Independencia Nacional  y las transformaciones estructurales 1868- 1898, Editora Política, La Habana, 1996, p 151,
4. Roberto Cassá, Historia Social y Económica de la República Dominicana,   Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, República Dominicana, 1989, Tomo 2,  p 91.
 5. Jorge Ibarra  Cuesta, Ideología Mambisa, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, página 41.
6. Censo de la República de Cuba bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907, Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington, 1908, p 30.
7. Emilio Cordero Michel,  Características de La Guerra de Restauración. Inédito  
8. --------------------------, La Revolución Haitiana y Santo Domingo, Editora Buho, Santo Domingo, Republica Dominciana, 2000,  P 91.
9.  Manuel R. Moreno Fraginals y Jose J. Moreno Masó, Guerra, migración y muerte. El ejército español en Cuba como via migratoria, Ediciones Jucar,  Fundación Archivos de Indianos, Asturias,   pp 99 y 132.
10.  Jorge Castel. Anexión y Abandono de Santo Domingo, 1861 1865 Cuadernos de Historia de las Relaciones Internacionales y Política Exterior de España, Madrid, 1954, p 32.
11. Casa Natal de Calixto García. Centro de Documentación de las Guerras de Independencias. Documento 23 
12. Raúl Izquierdo Canosa,  Viaje sin Regreso. Ediciones Verde Olivo. Ciudad de La Habana,. 2001, p. 125.
13. Feliz de Echauz y Guinart. Lo que se ha hecho y lo que hay  que hacer  en Cuba. Breves Indicaciones sobre la Campaña. Habana.  Imprenta de la Viuda de Soler y Compañía, Ricla 40, 1873, p. 17.
14. Idem,  p18.
15. Archivo Histórico Militar de Segovia. Ponencia de Ultramar. Cuba 28. Legajo 6.

16.  Instituto de Historia de Cuba. La Colonia Evolución Socioeconómica y formación nacional desde los orígenes hasta 1867, Editora Política, La Habana 1994, p. 467.
17.  Jorge Ojeda y Jorge Canto. La aventura imperial de España en la revolución haitiana. Impulso y dispersión de los negros auxiliares: El caso de San Fernando de Ake, Yucatán. En Secuencia, Revista de Historia y Ciencias Sociales, Instituto Mora México,  enero abril 2001, pp 74 - 75.
18.          Emilio Cordero Michel. Características de la Guerra Restauradora. Inédito.
7. Emilio Cordero Michel,  Características de La Guerra de Restauración. Inédito  
19.  ANC. Fondo: Asuntos Políticos. Caja 227. Número 6.
20.  Emilio Cordero Michel. Características de la Guerra de Restauración. Inédito.
21.  ANC. Fondo: Asuntos Políticos.  Caja 227. Número. 8
22. Idem
23. Idem. Número 6.
24.  Emilio Rodriguez Demorizi, Hojas de Servicio del Ejército Dominicano. 1844 1865. Editorial del Caribe C. Por A. Santo Domingo, R.D. 1968, T 2, p 96 y 103.
25. Archivo Nacional de Cuba. Fondo Comisión Militar. Legajo 126, Número 12.
26. Emilio Rodriguez Demorizi. Hojas de Servicio del Ejército Dominicano. 1844 1865. Editorial del Caribe C. Por A. Santo Domingo. R.D. 1968, T 1, p  175, .
27. Idem , p. 121.
28. Idem, p. 132.
29. Idem, p. 248.
30. Idem, p. 50.
31. Idem,  p. 50.
32. Idem, p. 51.
33. Idem  p. 51.
34. Idem.   p 168. 
35. Idem   p 175.
.36 Antonio  Pírala Criado, Antonio. Anales de la Guerra de Cuba. En tres volúmenes Imprenta F. González Rojas. Madrid 1895-1898. T 1 p 763
37.  Fernando Portuondo del Prado Y Hortensia Pichardo Viñals. Carlos Manuel de Céspedes. Escritos. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana. 1974.  T. I, p 62.
38. Archivo Particular de Andres Cue Bada. Santiago de Cuba
39. Archivo Nacional de Cuba. Fondo: Comisión Militar Ejecutiva y Permanente. Legajo 123. Número 1.
40. Idem. Legajo: 100 Expediente: 4. Folio: 118.
41. Idem. Legajo: 126. Número:  12
42. Idem.
43. Idem.
44. Museo Provincial de Holguín. Fondo: Julio Grave de Peralta. Libro de Borradores.




* En las citas textuales se respeta la ortografía original.

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