Ponemos a disposición del lector la primera parte del libro
Introducción a las Armas de José Abreu Cardet publicado por la editorial Ciencias Sociales de La Habana en
el 2005.
PUBLICADO
POR LA EDITORIAL DE CIENCIAS SOCIALES LA HABANA 2005
INTRODUCCION
A LAS ARMAS
Por Jose
Abreu Cardet
LOS MAXIMOS RESPONSABLES.
Discusión muy acalorada fue
el determinar si el primer milenio concluía el 31 de diciembre de 1999 o ese
mismo día pero del año 2000. Los comerciantes muy interesados en vender perfumes
y sostenes “fin del milenio” ganaron plenamente, pues se festejó el adiós a los
mil años en el último día de 1999.
El acontecimiento creó deseos
entre los de billetera ancha de
dejar constancia de su generosidad con amigos, esposas, parientes y amantes.
Los académicos también ganaron, pues se reconoció en el mundo
universitario que el milenio
concluía cuando debía de fenecer. Sin embargo, hubo un gran perdedor
inevitable: el siglo XIX.
Ese puñado de años tan
nobles que nos han ofrecido a historiadores y novelistas cubanos un espacio
espléndido para nuestros estudios e imaginación. Un espacio que estaba bastante
lejano, pero no tanto, cómo otros siglos anteriores que al ser reclamados por
los estudiosos llegaban de un
pretérito que nos parecía el mismo
origen de todos. Por lo menos tenían ese sentido, en este país, donde está tan cercano en el tiempo los
orígenes más remotos. De buenas a
primeras el buen siglo XIX comenzó a alejarse. En un principio apenas nos dimos
cuenta del asunto. Todavía nos referíamos al XIX como el siglo pasado. Pero muy pronto al compás de los
años que se nos van del XXI hemos ido rectificando el error. Ya el XX comienza hacer el siglo pasado y el XIX
se va agregando ha aquellos períodos arcaicos enumerados por el 18, el 17, el
16...
Quizás la importancia de ese viejo amigo, que es el XIX, radica en que
durante su andar se demostró el carácter sobredimencionado de nuestra isla.
Pero no por su exotismo, tampoco por las ambiciones despertadas en vecinos de
otras tierras.
Si no, más bien, por una historia
promovida en este lado del Atlántico que nada tiene que ver con lo real
maravilloso ni el exotismo. Es esta tierra sobredimencionada por el impulso de
sus vecinos. Sean estos nativos o
recién llegados. Acá han ocurrido acontecimientos que han dejado surcos tan
profundos como el que hacen las
carretas de bueyes en los caminos caribeños.
Se desarrolló en estas tierras una industria azucarera que marcó el
mercado mundial. Durante largos periodos del siglo XIX la isla fue responsable
de un alto por ciento de toda la producción en el ámbito internacional. De 1820
a 1895 produjo siempre más del 10
por ciento de toda el azúcar mundial. Incluyendo que en 56 zafras alcanzó más del 15 por ciento y de estas en 34
tuvo una producción superior al 20 por ciento. De ellas en 15 sobrepasó el 25
por ciento (1)
También en ese siglo se desarrollaron tres guerras de independencia. Los
cubanos fueron capaces de llevar a cabo estas contiendas, pese al esfuerzo desmesurado de los hispanos. El
estado español envió alrededor de medio millón de hombres a calmar a plomo y
bayoneta a los insumisos. Pese a que hoy hemos conocido de las movilizaciones
para el desembarco de Normandía y la Guerra del Golfo asombra todavía la magnitud de las cifras.
Esta vocación por el sobredimensconamiento no es exclusiva del periodo
colonial. En los primeros cincuenta años del siglo XX en Cuba se lograron
verdaderas proezas de producción azucarera. En el momento de mayor esplendor,
entre 1916 a 1930, en la isla se
produjo más del 15 por
ciento de la producción mundial de azúcar. Luego de 1944 a 1953 se elaboró este
producto a igual ritmo. (2)
En lo político la isla desempeñó, desde 1959, un papel por entero más
allá de sus posibilidades
reales, tanto por su actividad diplomática,
como militar y en general de solidaridad de diversas formas y métodos con otros
países. No se podrá escribir la historia política de la segunda mitad del siglo
XX sin tener en cuenta a esta isla. Aunque la afirmación parece criterio de
aldeano orgulloso pero es así.
Tenemos un pasado realmente portentoso y no siempre fácil de comprender.
Los historiadores cubanos somos los máximos responsables de explicar y
argumentar ese pretérito. Tanto sus esplendores como sus miserias. No todo ha
sido lineal y simple. Para esto contamos con una numerosa y seria tradición
historiografía. Hoy el desarrollo de las ciencias sociales nos permiten buscar
nuevas preguntas y explicaciones.
Las guerras de
independencia nos han dejado una
historiografía que ya comienza también a alejarse. Son los libros del
siglo pasado. Pero el siglo XXI
ha dado sus primeros pasos en el
camino de indagar en aquel pasado heroico. Se agregan nuevos títulos a los ya
clásicos sobre el tema. También aparecen nuevas preguntas que se responden al
compás de estos tiempos. Pero en todos prevalece el criterio de homenajear a
los que un día dejaron las familias
para pedir un lugar en la avanzada expuesta al fuego mortífero del
enemigo. En el análisis frío y que
trata de ser imparcial del estudioso cubano sobre el pasado no prevalece, casi
por regla, el deseo de desmontar lo muy heroico de aquellos años. Nos sumamos a
esa tradición historiografía cubana. No sabemos si es la más científica y
objetiva pero tiene raíces profundas en nosotros. Pero eso no significa que no
busquemos preguntas nuevas. Ese es el objetivo esencial de este texto.
En el intentamos penetrar en un campo en extremo
complejo de ese pasado. Los mecanismos que permitieron que el hombre y la mujer
del sesenta y ocho convirtieran las contradicciones metrópoli colonia en la
rebelión armada y un ejército guerrillero.
Entraremos en algunos temas que han sido entregados al fiscal
más que al juez sin posibilidad de defensa alguna. Andaremos y desandaremos
algunos senderos que son condenados en primera instancia y los estudiosos más piadosos han
tratado de pasar por alto. Nos referimos a temas tan peliagudos como el
regionalismo y el caudillismo.
Tomaremos en cuenta acontecimientos ocurridos
durante el desarrollo de la guerra como: las expediciones, la invasión, la
guerra en algunas regiones, entre
otros.
Hay amplios espacios de la geografía humana
de aquellos acontecimientos que parecen reposar en el olvido. Esperan por el
análisis que nos haga comprender su papel. Es indiscutible que estamos ante un
libro necesario, que más que criterios definitivos, nos señale el sendero hacia
nuevas preguntas. Iniciemos la marcha al compás de aquellos tiempos.
EL 68 EN LA REALIDAD BÉLICA DE LAS ANTILLAS FRANCO HISPANO
La historia del Caribe ha
sido interpretada desde diferentes ángulos. Los estudiosos de las sociedades de
la región han ido buscando los más disímiles rincones materiales y espirituales
para situarse a indagar sobre esta
expresión de la geografía, devenido en un abigarrado y contradictorio
mundo, que se nos ofrece día a día
con renovados bríos: ingenios azucareros, cafetales, prisiones, buques
negreros, prostíbulos o conventos, por solo mencionar algunos de los muchos entablados
que han soportado las investigaciones
de colegas o simples diletantes.
El campamento militar o el
campo de batalla también ha sido un terreno muy andado. Es éste la punta del
iceberg de la historia que atrae con fuerza superior el interés del público y
el especialista. Si salimos de las guías turísticas, el Caribe está rodeado de
un pasado violento. Incluso mucho antes de la llegada de los colonizadores
había pueblos depredadores como los Caribes. Es todo un símbolo que este
gigantesco lago encerrado entre islas y el continente tomó su nombre de sus
vecinos más fieros.
Las Antillas y en general el
Caribe han recibido especial atención de las grandes potencias, aquí han tenido
colonias y neocolonias: Francia,
Inglaterra, Estados Unidos,
Holanda, España y hasta las
nórdicas Suecia y Dinamarca. Los alemanes llegaron a tener una explotación en
Maracaibo. Este interés desmedido ha despertado ambiciones y contradicciones.
Solucionadas las mas de las veces a cañonazos. Aquí se han desarrollado desde escaramuzas de filibusteros hasta el enfrentamiento de armadas que nada tiene que
envidiarle a la Invencible.
La esclavitud ha mantenido
un verdadero estado de
violencia donde se aglomeran,
desde el solitario cimarrón, pasando por palenques, sublevaciones de diversas
dimensiones hasta la esplendorosa
revolución haitiana. Las guerras de independencia han creado un verdadero
espacio bélico que todavía sorprende por sus dimensiones y los esfuerzos de ambos bandos.
Si nos limitamos tan solo al
espacio insular colonizado por franceses y españoles es sorprendente el ritmo
de la actividad bélica. La Española tiene un singular papel en este
conglomerado de las armas y la acción. La independencia no puso fin al ímpetu
guerrero. Haití ocupó Santo Domingo. Los dominicanos se sublevaron iniciando
una larga historia de enfrentamientos con sus vecinos. El retorno de estos
últimos a España en busca de una paz estable desemboco en la guerra de
Restauración
Cada país ha conocido de
guerras intestinas con diferentes
intensidades, e incluso una
historia de enfrentamientos
a grandes potencias como el de Cuba y Estados Unidos y el de Dominicana contra
la intervención de esa misma potencia en 1965. Asunto que parece más de lo
maravilloso que de lo real ante las diferencias abismales de los contrincantes.
Los tiranos raramente han
podido conciliar el sueño perseguidos por la obsesión real de sublevaciones
inesperadas, de atentados mortales y justicieros, de abruptas expediciones
llegadas a cualquier playa. Esta reacción de los vecinos de este archipiélago
ha tenido un trasfondo cosmopolita. La mayoría de las veces no estamos ante
movimientos sediciosos emprendidos en un valle sin nombre por campesinos
desarrapados y terratenientes analfabetos. En muchas ocasiones para el reclamo
de sus libertades, los antillanos, han recurrido a un amplio arsenal de
relaciones y acciones internacionales desproporciónales para lo reducido de estos territorios.
Las expediciones marítimas
y aéreas organizadas por los insumisos antillanos son un ejemplo típico de las implicaciones internacionales de las guerras antillanas. Estos
países, sin fronteras terrestres, están abocados a convertir sus movimientos de
oposición a potencias coloniales o tiranos locales en todo un complejo movimiento de política internacional y
de técnicas del transporte. No
estamos ante países fronterizos donde los contrarios al gobierno organizan en
un estado vecino un grupo de
campesinos y peones. Gente reunida
en las cercanías de las
fronteras selváticas e imprecisas. Todo depende de la capacidad de los futuros
combatientes para resistir largas caminatas y llegar al país natal.
En las islas antillanas estamos ante otra
historia. El espacio reducido de su realidad geográfica no brinda la
posibilidad de que los sediciosos se reúnan en selvas impenetrables o en
cordilleras sin caminos para fraguar acciones. Esos espacios en las Antillas es
necesario buscarlos en el exterior. En países neutrales o que supuestamente lo
son y que permiten organizar muy sigilosamente expediciones y alijos de armas
para los futuros libertadores. Es
necesario contactar navegantes o aviadores. Estos últimos lógicamente en el
siglo XX. Concertar convenios con las autoridades de puertos y aeropuertos, buscar y probar
naves marítimas o aéreas. Trazar rutas, burlar o sobornar a aduaneros y guardacostas.
Estamos ante un camino nada
virgen. Se ha escrito mucho sobre ese pasado de contiendas desde los más
diversos puntos de vista. Pero no
todo está dicho sobre aquellos acontecimientos. Los estudiosos de la historia
bélica de las Antillas se han encontrado con la limitante elemental de tales
análisis. El asunto no está dado por la falta de una sólida tradición
historiografía.
Los vecinos de otras tierras
más dados a las profundas disquisiciones filosóficas, con la presencia de una
historiografía milenaria también han caído en una trampa similar al tratar de
interpretar el pasado bélico.
La historiografía militar
moderna presenta dos grandes vertientes. En una se encuentran los que siguen los caminos tradicionales,
estudiosos de los combates y batallas, de ejércitos y armadas. Son los que se
han ido tras el análisis de la forma en que se combate. El estudio de tácticas
y estrategias, de marchas y contramarchas. En el otro grupo están
los que tratan de explicarse las contiendas desde un punto de vista
social, averiguando quienes
integran esas masas de hombres que se han tomado muy en serio el viejo oficio
de matarse mutuamente. Indagan estos sobre los intereses económicos y políticos que realmente se
ocultan en el humo del combate. En fin, buscan el impulso que los llevó a
empuñar el sable o el fusil.
Unos han concentrado todo su
interés en la forma en que se dispara, los otros él por qué se dispara. Fronteras inviolables se
extienden entre ambos grupos. Los primeros miran con cierto desdén a los
segundos. Los consideran una especie de intrusos en los muy vedados predios de
la historia militar. Pueden sentirse realmente muy orgullosos de su quehacer,
pues en cierta forma la historiografía misma dio sus primeros pasos guardando
la memoria de paladines militares y combates. Los segundos consideran a los
primeros como unos dinosaurios
salvados de épocas pretéritas. Recurren con mucho encono a tomarlos como
ejemplo de lo que no se debe hacer.
Para ellos lo más importante no es el alcance del cañón “Gran Berta”,
sino si los artilleros eran obreros, campesinos o maestros de escuela.
Es cierto que detrás de cada
tirador de Waterloo hay infinidad
de motivaciones e intereses de
pertenecer a determinado grupo
o clase social. Pero no todo se puede explicar recurriendo a lo no visible de
la decisión de disparar. Las guerras, querrámoslo o no, tienen también sus
límites y condiciones muy precisas.
Habrá que conocer el alcance y la cadencia de fuego de los fusiles de
cada bando para poder explicarse también los resultados de una guerra. Será
necesario al mismo tiempo conocer las motivaciones e intereses para explicar
por qué un campesino inglés estaba precisamente en Waterloo y no en su aldea.
Ambos temas tienen el mismo nivel de interés en el estudio de una guerra.
Es asunto obligado romper esas fronteras entre las dos
formas de explicarse el combate y tratar de recurrir a un modo nuevo de
comprender el asunto bélico sin
darle primacía a uno u otro criterio. Recurrir a una especie de “historia de la guerra” donde se
incluyan en igualdad de condiciones todos los mecanismos que existen para tratar de comprender tan
peliagudo asunto, como la
humanidad se pica mutuamente la testa desde sus mismos orígenes.
En las guerras irregulares
el asunto es mucho más complejo y apremiante, muy en especial en las llamadas
guerras coloniales. A lo puramente historiográfico se agrega la desconcertante
situación de intereses actuales creados y recreados. Para las antiguas
metrópolis, que en algunos casos en parte lo siguen siendo, sino en el sentido
material sí en el
intelectual, se encuentran ante una situación desconcertante: reconocer que un grupo de desarrapados
negros, mulatos o blancos, estos últimos de color muy sospechoso, desmontaron a machetazos a sus
orgullosos Dragones de la Reina o degollaron a sus selectos infantes del
Regimiento del Rey.
En el caso de los antiguos
países coloniales el asunto es más complejo. En especial en América Latina,
pues se está ante la historia fundadora. “Sagrada Madre Nuestra” [1]
llama Martí a la guerra de 1868.( 3)
Los mismos orígenes de la
nacionalidad se remontan a
aquellas contiendas. Lo que en otros lares son mitos y leyendas en este
lado del océano es inicio muy
cierto de todo. El proceso de surgimiento de la nacionalidad esta muy vinculado
a las guerras de independencia. Para el historiador dominicano Roberto
Cassá:“...la guerra restauradora fue el acontecimiento histórico de mayor
relevancia en la gestación de la nación dominicana y de la conciencia nacional...”
(4)
Mientras su colega cubano Jorge Ibarra afirma: “La tarea histórica central de las gestas revolucionarias
del 68 y el 95 consistió en preparar el advenimiento y consolidación de la nación cubana...”
(5). Esto crea un verdadero compromiso con aquellas contiendas. No podemos
verla como una simple lucha de partidas contra el gobierno. Sino como un
complejo proceso ligado a sentimientos vitales de nuestros pueblos. En las
actuales circunstancias en que vive el mundo las guerras de independencia de
Haití, Dominicana y Cuba adquieren singular relieve. Demuestran las posibilidades que han sido capaces
de argumentar los antillanos para dar solución a sus problemas. En ese sentido
las guerras de independencia no es un camino del pretérito.
La interpretación histórica
esta regida por las posibilidades que pueden brindar a estas islas en la
actualidad. También no deja de tener importancia que el tiempo no ha llegado
todavía con su piadoso manto de distanciamiento. Hoy cualquier caraqueño que se
tome el trabajo de andar en el pasado podrá encontrar sin muchas indagaciones
un tatarabuelo en las tropas bolivarianas. Será más difícil similar situación
para un madrileño que busque sus raíces en las huestes del Mío Cid.
Si las metrópolis nos
dejaron sus lenguas y muchas de sus costumbres, también nos quedamos con sus
criterios de ver y homenajear al pasado. De esa forma hemos constituido una
historiografía al estilo muy de “allá”. En los textos de historia resaltan batallas desconcertantes y
multitudinarias que por el número de participantes ponen en aprietos a los
demógrafos que se encuentran con poblaciones reducidas para sustentar batallas
tan descomunales. Se han descrito cargas de caballería y sitios portentosos. Se
ha olvidado por entero la sacrosanta diarrea y su papel resolutivo en muchas de
aquellas contiendas.
El arte se ha apropiado de
ese sentido del mito. En pinturas y films aparece y se repiten escenas
grandiosas del encuentro feroz de
patriotas y colonizadores, en acciones donde pocos se preguntan de donde los
primeros han sacado tanto parque para que rara vez se les agote. La duda es
mayor si nos enteramos que los irregulares no contaban con logística. Se han levantado estatuas y grupos
escultóricos a los principales protagonistas de aquellos hechos con relucientes
uniformes, poses y armas que en
una selva sudamericana o en una sabana antillana dejarían al patriota
prácticamente indefenso ante el más ineficaz soldado colonial. Estamos ante los
mitos nacionales, que en nuestro caso, no hay que buscarlos en leyendas, si no
en acontecimientos históricos muy recientes y que perfectamente brindan la posibilidad de ser historiados y
analizados.
Desmontar tales mitos no es
aconsejable ni probable. Hay que dejar algo a estos pueblos atenazados por transnacionales
de origen impreciso pero de métodos sistemáticos en saquear economías, que
nunca han sido nacionales, a su gusto y conveniencia. Estamos ante un dilema.
Tal parece que hay bastantes problemas hoy para intentar también llenar de
imprecisiones un pasado que se
tiene por glorioso en un sentido muy europeo. Pero al mismo tiempo nos surge la
duda de por qué debemos analizar lo ocurrido “acá” a semejanza de lo de “allá”.
El mismo desarrollo de la historiografía moderna nos ofrece amplias posibilidades
para husmear en el pasado con otros instrumentos.
LA SOLEDAD DE LOS ANTILLANOS
Sorprende el hecho de que no
se ha intentado hacer un estudio de las guerras de Cuba enmarcándola en el
marco de las Antillas. Casi siempre los análisis elaborados en ese sentido
tienden a resumir la solidaridad de los pueblos de la región con los
revolucionarios cubanos. Existen numerosos ejemplos de esa solidaridad de los
antillanos con los independentistas cubanos. Pero no se ha realizado una
valoración de las características de las contiendas de liberación realizadas en
la región. Entre finales del siglo XVIII y del XIX, en las Antillas Mayores se efectuaron cinco
grandes contiendas que aunque cada una tuvo orígenes y características muy
propias las situaciones geográficas,
sociales y económicas
crearon un hilo conductor entre todas ellas. Nos referimos a la
revolución de Haití, la guerra de Restauración de Santo Domingo y las tres
guerras de Cuba (1868, 1879 y 1895).
El primer aspecto a destacar
es que nos encontramos ante un conjunto de islas, el espacio es limitado.
Incluso en la mayor de las Antillas, Cuba, las dos primeras guerras de independencia se desarrollaron
en la parte oriental y central solamente.
No estamos ante el
territorio casi infinito en términos humanos que tenían ante sí Jorge
Washington y Simón Bolívar. Por lo menos teóricamente son territorios que se
pueden ocupar y en ocasiones se ocuparon por un ejército numeroso y bien
organizado. Tampoco se pueden emprender retiradas donde el espacio puede ser un
aliado tenaz en caso de derrotas momentáneas. Por su condición de islas las
costas pueden ser vigiladas por una flota de guerra.
La población era también
reducida. Haití contaba con alrededor de medio millón de habitantes. Santo
Domingo con unos 250 000 habitantes. Cuba tenia en 1877, en la postrimería de la primera guerra, con 1509
291 habitantes. En 1887, ocho años antes de iniciar la última contienda la
población alcanzaba la cifra de 1 631 687
vecinos. (6)
En definitiva que apenas
contaban con poco más de millón y
medio de personas para su empresa independentista. Además una parte de la población apoyaba a la Metrópoli.
Algunos de una forma muy activa. En Haití junto a los franceses combatían tropas
negras. Santo Domingo aporta al esfuerzo colonial las famosas y aguerridas
reservas dominicanas. Estos sumaban alrededor de 12000 hombres. (7) En Cuba
pelearon en el bando hispano con singular valor las guerrillas. El cuerpo de
voluntarios protegió las ciudades y poblados. También de sus filas salieron no
pocos batallones que operaron en el campo de batalla.
El esfuerzo de las potencias
coloniales es realmente gigantesco. Francia olvidando sus guerras europeas
mandó a Haití 55 132 militares. (8) Los españoles también hacen
un sacrificio que asombra en Santo Domingo y Cuba. En esta última lanzan a las
sabanas y los bosques en las dos primeras guerras 208 597 militares. En la tercera guerra, entre 1895 a
1898, llegaron a las costas de la isla 219 858 militares. (9)
La tendencia a permanecer en
las Antillas todavía está en el trasfondo de las viejas y nuevas potencias
coloniales. Francia, Inglaterra y
los Estados Unidos mantienen
colonias bautizadas con nombres
elegantes y tiernos.
En general los antillanos se
baten solos. Haitianos, dominicanos
y cubanos no reciben apoyo importante del exterior en sus guerras. Haití
le dio cierto respaldo a los restauradores. Algunos países latinoamericanos
reconocen la República de Cuba. Por lo menos se organiza una expedición con
material de guerra en uno de esos países. Pero el apoyo aunque encomiable es
más simbólico que real, si se tiene en cuenta lo ilimitado de los recursos de
los colonialistas.
Todos estos factores han
determinado que el combate tenga
un papel secundario. En las Antillas no nos encontraremos con un Ayacucho o un
Yorktown. La imaginación, posterior a los hechos, de historiadores y políticos
ha logrado subsanar tal asunto y evitar
un verdadero trauma nacional. No podemos olvidar que la referencia para
juzgar el pasado tiene un poderoso trasfondo de historia militar tradicional
impuesto por la cultura de la metrópoli.
En cierta forma las
metrópolis nos han exportado sus Austerlitz y Waterloo. No nos parece nada
honroso reconocer la importancia definitoria de la escaramuza. Tampoco es elegante reconocer que el
combate en las guerras de
independencia de las Antillas es
asunto muy secundario y que nada decide que no sea mantener la guerra. Es esta
en esencia guerra de pequeñas partidas de resistencia prolongada. Las causas de
los fallecimientos de los militares coloniales lo demuestra.
En la revolución haitiana
las fuerzas francesas son virtualmente diezmadas por las enfermedades. Hasta el general en jefe Lecler
perece de fiebres. En dominicana
las bajas españolas en la contienda de Restauración fueron de 486
muertos en combate y 6854 de enfermedades. (10 )
Las guerras de Cuba son los
ejemplos más elocuentes. En la guerra de 1868 a 1878 los españoles reconocieron
que entre el primero de noviembre de 1868
al primero de enero de 1878 tienen un total de 145 884 fallecidos. De ellos por causas
de enfermedades 133 555, en combate 12 329. Además quedaron inútiles por heridas y fueron licenciados 1612 y por enfermedades se encontraron
en esa situación 37 728. De esa
forma tan solo él 8.4 por ciento
murió en combate (11) En la guerra de 1895 a 1898 solo el 3.18 por ciento de los militares
españoles murieron en combate. El
resto de enfermedades. (12)
Esta realidad ha llevado a
que algunos autores señalen que estas fueron guerras más contra los microbios
que contra hombres. Lo que no se
ha comprendido que esta es una características en general de las guerras
irregulares pero muy en especial de las Antillas. Las enfermedades forman parte
del conflicto.
Un
historiador español contemporáneo de las guerras cubanas hacía un interesante razonamiento.
El principal enemigo
que tenemos en Cuba no son los
insurrectos ,es el clima
.Con todas las apariencias de
benigno ,es mas con serlo
realmente cuando se vive en
el con las precauciones que
acredita la experiencia, castiga
con el mayor rigor al
individuo , y hace los mayores estragos
en las masas cuando estas
precauciones dejan de guardarse- -(13)
Este
criterio es cierto. En Cuba vivía una numerosa inmigración peninsular que bien
alimentada y cuidada lograba sobrevivir por muchos años al clima tropical. Lo
que sí era mortífero no era el clima sino la existencia de las guerrillas
insurrectas. Las tropas españoles debían de hacer un esfuerzo considerable para
liquidarlas. Tenían que realizar prolongadas caminatas, vivir a la intemperie
en medio de una constante tensión, tomando aguas de charcos de sabanas o
arroyos intermitentes. Todo esto iba desgastando la resistencia de estos
individuos a las enfermedades tropicales. Muy cerca de los hospitales donde
estos hombres morían por cientos residían emigrantes españoles que demostraban
con su longevidad, según los parámetros de la época, de que más que las
enfermedades lo realmente mortífero
era la guerra y la resistencia de los mambises. El mismo autor citado
anteriormente, nada amigo de los cubanos así lo refleja en su obra: ...los planes de
persecución mas famosos ,las combinaciones mas
activamente seguidas para prender o destruir á determinados cabecillas ,han sido siempre los mas
fecundos en
desastres sanitarios- - (14)
Lo que
llevo a la hecatombe a todo un ejercito no fueron media docena de grandes
combates sino la partida reducida de guerrilleros. Hay
muchas hazañas sin historiadores
en esa veintena de hombres dirigidos por un caudillo de barrio. Hambrientos,
desarmados o mal armados, arrastrando sus harapos por bosques y sabanas,
buscando en sembrados abandonados un poco de boniato, robando plátanos y yucas
de zonas de cultivos enemigas, muchas veces al costo de la vida de uno de
ellos, huyendo a la desbandada ante la presencia del enemigo superior en armas
y parque. Así años tras años con un nivel de obstinación y resistencia que
asombra a todos. Estas gentes sin historia son los que han obligados a los
ejércitos coloniales a lanzarse en una persecución irreal. Los agotados
soldados europeos han ido perdiendo las defensas elementales ante el infinito
mundo de microorganismos y parásitos de todo tipo que los acechan en los
charcos y riachuelos intermitentes de las sabanas antillanas. En la persecución
obstinada a la partida de desarrapados se olvidan las reglas higiénicas
elementales que desembocarán en la hecatombe de ejércitos enteros.
Pese a los criterios muy
creídos por vecinos de otras
latitudes que en estas islas la persistencia es escasa la historia militar nos
ofrece otra lectura de tal asunto. Lo determinante en las guerras antillanas no
son los grandes combates sino el nivel de resistencia de estos pueblos contra
las metrópolis. La persistencia,
la obstinación es el arma fundamental de estos hijos del sol y el mar. La acción bélica como tal es
asunto secundario. Incluso importa poco quien venza en el sentido militar
tradicional. La mayoría de las
acciones combativas entre los insurrectos y los colonialistas son victorias
indiscutibles de estos últimos. Los soldados de la metrópoli casi siempre
quedan dueños del campo de combate.
Hemos tomado al azar una de estas acciones
llevada a cabo por una unidad española destacada en Las Villas en 1870. El jefe
hispano escribió en su diario de operaciones:
...En la
madrugada de este dia al practicar con 30 hombres un reconocimiento en el
bosque de la finca llamada de Jurope a dos leguas de este fuerte alle un rancho
del cual apenas fue divisada la vanguardia salieron huyendo de unos 12 a 15
hombres haciendo fuego en su retirada. Inmediatamente dispuse quedarse un
sargento con la mitad de la fuerza para hacerse fuerte en el rancho y custodiar
algunas mujeres que había en él y con la otra mitad seguir persiguiendo a los
fugitivos por espacio de media hora haciéndoles varios disparos a que
contestaron con poca regularidad y concluyendo por dispersarce e internarse en
espesuras tales que fue preciso desistir de darles alcanse. Vuelto al rancho hallaron
en él seis personas y cuatro a sus inmediaciones en el bosque dos de estas
heridas ... (15)
Este tipo de descripción se repite con gran
frecuencia en los informes españoles de la guerra de Cuba de 1868. No hay duda
que estamos ante una espléndida victoria de este destacamento. El enemigo ha
sido dispersado y los soldados de la metrópoli han quedado dueños del campo. No
le discutamos este momento de júbilo y gloria al bravo oficial que guía esta
fuerza. Aunque hay un asunto interesante. Para lograr tal victoria el estado
español ha debido dislocar en esta comarca decenas de pequeñas unidades como
estas que suman en el contexto del país decenas de miles de hombres. Hay otra
realidad cada uno de estos
hombres debe de ser alimentado, cobijado, vestido, parqueado, relevado, curado
de sus enfermedades que son muchas, todo esto cuesta dinero. Es en esta
realidad material donde está el poder de estas pequeñas partidas
guerrilleras.
Esta tropa derrotada, perseguida, dispersa en
el bosque acabará reuniéndose en torno a su jefe. Hambreados, sin parque, con escasas armas, la mayoría con
anemia por la alimentación insuficiente, marcharán por la espesura rehuyendo
emboscadas y patrullas enemigas
soñando con encontrar en algún
sembrado abandonado un puñado de yucas o boniatos. Sin saber que ellos son
protagonistas de una de las mayores hazañas de la historia militar del
continente americano.
AL DESAFIO DE LA PUNTERIA DE PEONES Y VAQUEROS.
Exceso de bahías, ensenadas
y playas solitarias conforman el litoral de la isla de Cuba. Es una realidad
geográfica que despierta en la imaginación del viajero la tendencia a lo
subversivo. A lo que poco o nada se puede controlar por guardacostas y
aduaneros. El entablado de tanta costa tiende a reducir los límites de lo que
es posible gobernar al gusto de
los que detentan el poder en la isla. El asunto siempre ha desvelado a los dueños del
país. Los malos ejemplos dados por vecinos más o menos cercanos pueden tener
brusca resonancia acá. Tales ejemplos pueden llevar a que una dotación de esclavos pase a filo
de cuchillos a amos demasiados rigurosos o que una porción de la población,
agobiada de impuestos y mordazas políticas, amanezca en el camino real
derribando a filo de machete a los jinetes de la Reina.
Hubo buen cuidado en ir
conformando límites precisos en las fronteras y cerrándolas a sediciosos.
Se fue conformando un mundo subversivo en las inmediaciones de la isla de Cuba
que tendía a contaminar a los siempre fieles vecinos del gran caimán verde. El
asunto era realmente tenebroso. En la isla a mediados del siglo XIX residían
unos 344 615 esclavos.(16)
Era además, la posesión más
rica del menguado imperio hispano.
El primer gran miedo lo conformaron los haitianos con su revolución y su
estado gobernado por negros. El
imperio español hizo todo lo
posible e imposible por mantener alejado a los subversivos. Esta situación se
puso en evidencia cuando un grupo de antiguos esclavos de Saint Domingue
se unieron al frustrado esfuerzo
español de reconquistar esa parte
de La Española.
Ante el fracaso del intento
se dispuso trasladar a los negros que habían combatido con los españoles a
Cuba. El gobernador de Cuba se
apresuró a informar de lo delicado de la situación creada por esa decisión:
Esta noticia ha llenado de terror a los habitantes blancos de la
Ciudad y de la isla, cada vecino cree ver el momento de la insu-
rrecion de sus esclavos, y el de la desolación universal de esta
colonia en el momento de la aparición de estos personajes, escla
vos
miserables ayer héroes hoy de una revolución triunfantes,
opulentos y condecorados; tales objetos no son para ser presen-
tados
a la vista de un pueblo compuesto en la mayor parte de
hombres de color que viven en
la opresion de un numero mas
Los militares negros fueron dispersados por diferentes
territorios del imperio La Florida, Yucatán, Costa de Mosquitos, Portobelo,
Trinidad e incluso la propia Península recibieron a los esforzados y pocos
apreciados defensores del imperio hispano.
La República Dominicana
había obtenido la independencia de España en 1821. Poco después fue anexada a
Haití. En 1844 luego de una intensa guerra se separó de ese estado y se
constituyó en República. En 1861 el gobierno dominicano solicitó y obtuvo la
anexión a España. Muy pronto una parte considerable del pueblo y muchos de la
élite del gobierno que habían propiciado la anexión comprendieron el grave
error que habían cometido. La metrópoli los trató como una colonia más. En 1863 se iniciaba la guerra de
independencia conocida como La Restauración.
En 1865 España fue
expulsada definitivamente de Santo Domingo. Geográficamente Santo Domingo
estaba cerca. Existían tradicionales
relaciones entre ambos países. Al oriente de la isla había inmigrado una
cantidad de dominicanos desde principios del siglo XIX. La cifra exacta se
desconoce pero es frecuente encontrar en la primera mitad del siglo la
presencia de dominicanos en la documentación colonial cubana. Luego con altas y
bajas las relaciones se mantuvieron. A Cuba arribaron vecinos de Quisqueya
huyendo de las numerosas contiendas que envolvieron el país al obtener la
independencia.
La anexión fue el acontecimiento que vínculo más
estrechamente ambas islas. Cuba fue la base desde donde se fraguó la anexión.
Al estallar la guerra por la independencia gran parte de las fuerzas militares
de la capitanía general de Cuba se trasladaron a Santo Domingo. Según el historiador
dominicano Cordero Michel, 10 000
militares del ejército de Cuba y Puerto Rico tomaron parte en la lucha contra los patriotas
dominicanos.(18)
La derrota de las fuerzas
colonialistas en la guerra librada contra España por los patriotas quisqueyanos
repercutió profundamente en Cuba. Pese a la censura hispana en la práctica no
había forma de ocultar esa triste realidad. La mayoría de las fuerzas españolas
se retiraron hacia Cuba. Como la capacidad de los buques no era suficiente para
trasladar en un solo viaje a los derrotados militares se dispuso que cada embarcación realizara más de
un viaje. Para utilizar mejor a estos se ordenó que el traslado de tropas debía
de realizarse tan solo a los puertos y embarcaderos situados entre Nuevitas y
Santiago de Cuba el territorio más cercano de Santo Domingo (19)
Para evitar la acumulación
de estas fuerzas en los puertos se dispuso la dislocación de parte de ellas en
diferentes poblados del interior de la región oriental y en Camagüey. Un
ejemplo de esto era que una de las
compañías de la extinta brigada de Azua y Baní fue enviada a la ciudad de
Camagüey. De esa forma los cubanos fueron testigos del paso de estas derrotadas
huestes. Es de pensar que muchos de estos veteranos se entregarían a largas
narraciones en tabernas y bodegas. Como es ancestral costumbre entre los que
han estado en una guerra contaron sus muchas hazañas reales e imaginarias.
También incluyeron en los relatos los sufrimientos y las derrotas. De esa forma
cada militar se convirtió en un
divulgador de la derrota. Esta había sido verdaderamente esplendorosa para los
caribeños y muy sufrida y humillante para los hispanos. La metrópoli había
realizado un considerable esfuerzo para extinguir la sublevación. Desde la
península fueron trasladados unos 41 000
militares, además de los referidos desde Cuba y Puerto Rico. Habían
mantenido movilizados permanentemente a gran cantidad de dominicanos que le eran fieles a la
metrópoli.
Existía otro asunto más
complejo. Una parte de la población dominicana apoyó la anexión. Este sería un
tema en extremo sensible para el futuro de Cuba. Por los menos 12 000 dominicanos integraron las fuerzas auxiliares
del ejército español. (20)
La metrópoli decidió no
dejar abandonado a quienes le habían mostrado tanta fidelidad. Se decidió
evacuar a la oficialidad que estuviera dispuesta a emigrar. Mientras a los
soldados de fila se les dejarían las armas.
Se dictó una real orden, el 10 de enero de 1865,
que disponía: “... que no se
desatienda y por el contrario se ampare y se proteja a los generales , jefes y
oficiales de la reserva de este país”. (21)
Pero muy pronto las
autoridades metropolitanas se dieron cuenta de lo peliagudo del asunto. El
destino de esta gente creaba un
serio problema para la estabilidad futura de Cuba. El capitán general de Santo
Domingo hizo un interesante razonamiento:
...el mayor número pertenece a la
raza de color, siendo negros y mulatos
generales,
brigadieres y jefes de todas las categorias (...) la mayor parte
de estas personas desearían ir a
establecerse a las vecinas islas de Cuba
y Puerto Rico,
para buscar en ellas además de la protección del gobier-
no la analogía de
costumbre idioma y religión. Los hombres de este país
nacidos en la
libertad acostumbrados al goce de todos los derechos
políticos y
civiles, y disfrutando de las ventajas de todas las categorías
sociales llevarán
sus hábitos y su altiva condición a unas posiciones
donde existe la
esclavitud, sirviendo en ellas de pernicioso ejemplo para
los esclavos y
libertos de su propia raza. (22)
Las autoridades españolas
muy pronto se dieron cuenta de estas circunstancias y tomaron medida para
evitar el deplorable ejemplo que podían dar los dominicanos negros y mulatos a
los cubanos. El 25 de mayo de 1865, el capitán general de Santo Domingo le
escribía al jefe militar de Baní:
No debe haber distinción de clase ni de razas
para apreciar los
merecimientos de
cada uno y concederles la protección a que se
hayan hecho
acreedores, pero no puede admitírseles indistintamente
la elección del
país de su futura residencia al abandonar a Santo
Domingo. A la isla
de Cuba por ejemplo no podrán ir los hombres de
Color, y aun con
los blancos habra necesidad de ser circunspectos
en la designación
de aquellas personas a quienes se permita fijar allí
la residencia.
(23)
Los dominicanos fieles a
España se podían establecer en la Península, Puerto Rico, las Islas Canarias ,
las Baleares, las posiciones españolas de Africa. Pero en ningún caso en Cuba.
Pese a las muchas preocupaciones y medidas tomadas por los españoles un grupo
de dominicanos se establecieron en el oriente de Cuba.
Según el historiador
dominicano Rodríguez Demorizi, en 1866, se habían establecido en Manzanillo catorce dominicanos . Es
interesante dar una mirada al
listado de los que se establecieron en esta jurisdicción. Algunos de ellos
la abandonaron posteriormente y se instalaron en la cercana
jurisdicción de Bayamo.
Es significativo que en el territorio donde estalló la
revolución se encontrara un número tan importante de altos oficiales del
ejército dominicano. La mayoría de estos individuos se unieron a las fuerzas
libertadoras. Ellos eran:
Mariscal Modesto Díaz
Alvarez.
Brigadier Francisco Javier
Heredia.
Coronel Manuel Javier Abreu
Idem Manuel Frometa
Teniente coronel Toribio
Llepez
Teniente coronel Santiago
Pérez
Comandante Rufino Martínez
Comandante Máximo Gómez
Capitán Juan Gómez
Capotan Carlos de Soto
Subteniente Ignacio Díaz
Capitán Luis Marcano
Alvarez
Capitán Felix Marcano
Alvarez (24)
Todos ellos habían actuado
con gran fidelidad hacia España durante la guerra de Restauración. En Cuba
durante la guerra de 1868 una
parte combatieron al lado
del colonialismo español hasta las últimas consecuencias. Entre estos se
encontraba por ejemplo el general
Jose Varela. Este se destacó por su inteligencia y temeridad en la persecución
de las fuerzas libertadoras. Llego a ganarse una alta consideración entre los
jefes y oficiales españoles. El terrible Weyler Nicolau al abandonar su mando
en Cuba en 1897 visitó al connotado represor, ya retirado del servicio, en su casa particular. Varela no fue
una excepción. Otros muchos siguieron sus pasos.
Al mismo tiempo un grupo
de dominicanos se unieron al
ejército libertador y jugaron en los primeros años un papel fundamental
en la guerra contra España. Estos han sido los más recordado. Los fieles
al integrismo han sido olvidados en Las Antillas y la Metrópoli. Pese a la
probada fidelidad de un grupo la fama subversiva de los dominicanos alcanzó un matiz antológico. Las
autoridades consideraban como un agravante de los sospechosos de colaborar con
los insurrectos el ser de esa nacionalidad.
Un informe de las
autoridades coloniales de los
primeros días del alzamiento, al referirse a un dominicano , establecido en el oriente de Cuba y sobre el cual se tenían sospechas de
colaborar con los insurrectos.
agregaba en el expediente que se le hizo: Es de los emigrados de la vecina isla de Santo Domingo, los cuales en su mayor parte han tomado una participación demasiado activa en la traidora e
injustificable rebelion que lamentamos... (25)
¿Por que un grupo de estos
hombres y mujeres escogieron el sendero de la insurrección.?
No es asunto fácil ante tal
reducido número de individuos hacer una generalización. En la decisión de cada
uno había mucho del trasfondo que forja la individualidad. Pero al mismo tiempo
nos encontramos con asuntos comunes, implícitos en la sociedad en que vivieron,
que nos permiten ir más allá de los marcos estrechos de la biografía; para
intentar entender el trasfondo de la decisión que los llevo al campamento
mambí.
Un asunto evidente, a
simple vista, eran las diferencias notables entre ambas sociedades. Los
dominicanos vivían en un país libre. Es cierto que de una gran inestabilidad
política. No habían sido capaces de administrar correctamente su libertad. Pero
la misma decisión de retornar al seno del imperio español era una prueba
inequívoca de la mucha libertad que gozaban. No padecían la sumisión y el
abotagamiento de los pueblos que soportan largas tiranías.
Aunque en esencia la historia
de los dominicanos que se unieron a los libertadores cubanos no difiere de los
que continuaron fieles a la metrópoli. Todos se destacaron por su acción a
favor de la anexión de su patria. Veamos algunos ejemplos. A Máximo Gómez el
mando militar hispano en Santo Domingo le otorgó el grado de comandante, por su
actitud en la retirada de San Jose
de Ocoa, el 13 de octubre de 1863. (26)
Modesto Díaz prueba su
fidelidad en numerosos combates. Incluso es hecho prisionero por las fuerzas
insurrectas junto a otros oficiales dominicanos al servicio de España. Logran
desarmar al oficial que los custodia y escapan. Se internan en el bosque rehuyendo la persecución
de los revolucionarios hasta que se unen a una columna hispana.(27)
Modesto Díaz abandonó Santo
Domingo con el grado de general de división de las reservas dominicanas. En julio de 1865, Jose de la
Gándara, el capitán general de la isla de Santo Domingo, luego de detallar en
un documento los numerosos méritos contraídos por Díaz en sus actividades en el
ejército hispano agrega que: “...deja todo lo que constituía su fortuna, por
seguir la Bandera Española, dando con esto nuevas pruebas de su lealtad y amor
a España...” (28)
Felix Marcano Alvarez al
estallido de la revolución, en agosto de 1863, es sargento primero. De
inmediato se unió a las fuerzas hispanas. Fue hecho prisionero al inició de la
sublevación. Se fugó y se unió de nuevo a los españoles junto con su hermano
Luis Marcano. Resultó herido en una acción. Se le otorgó la Cruz Carlos III, por
sus méritos alcanzados en la guerra de restauración en defensa de España. El 29
de agosto de 1864 fue ascendido a capitán por el valor que mostró en los combates realizados en la zona
de San Cristobal entre el 19 y el 28 de abril de ese año.
La decisión de todos ellos
de seguir al derrotado ejército hispano es una prueba evidente de su fidelidad. Incluso una parte considerable de
ellos querían continuar militando en el ejército español. De inicio no se sienten menospreciados
en Cuba por sus colegas españoles.
Francisco Marcano se
encontraba en Manzanillo en abril de 1866. Tenía 32 años de edad y estaba casado. Pidió continuar como miembro de las fuerzas armadas
españolas. Felix Marcano Alvarez, hermano del anterior, el 13 de abril de 1866
tenía 23 años de edad y demostró su disposición de continuar en las filas del
ejército
Luis Marcano Alvarez,
informo a un oficial español: ¨ que su deseo respecto a su ulterior destino es ser clasificado para su
colocación en el Ejercito¨ (29)
Un caso interesante es el
del coronel Manuel de Jesús Javier Abreu Romero. Esta figura poco conocida nos
puede revelar un criterio de los hispanos sobre los dominicanos. Abreu Romero
llegó a Santiago de Cuba con el vencido ejército colonialista. Se estableció en
Manzanillo y expreso desde los primeros momentos que sus deseos eran: “...ser clasificado para su colocación
en el Ejército....” (30)
Pero el criterio del mando
militar de Cuba era muy diferente a las aspiraciones de los dominicanos. No se
creía conveniente incluirlo en el
ejercito español pues: Los individuos del
antiguo Ejercito de la Republica de Santo Domingo, Ignoran todos los ramos
de la instrucción militar en el cual no existia organización regular ni
disciplina; que el carácter y habitos de aquellos habitantes difiere
muchos de los nuestros y principalmente en la cuestion de razas... (31)
Este criterio era bastante
frecuente en los informes españoles sobre estos fieles y sufridos oficiales
dominicanos. Estos hombres tenían un alto concepto sobre su oficio militar.
Este representaba para ellos un sentido de la vida. El sentirse rechazados por
quienes hasta ayer habían sido sus compañeros de armas debió de ser desconcertante. Además, en
Santo Domingo, militares españoles y dominicanos combaten enérgicamente contra
los independentistas. La acción militar, la constante movilidad, el vertiginoso
desarrollo de las operaciones ponía en un segundo plano el desprecio que sentía
la oficialidad hispana por los antillanos. En su país estos individuos formaban
parte de la elite del poder colonial, por lo que tenían otras consideraciones
de las autoridades. Pero la
realidad era muy distinta. La oficialidad hispana sentía desprecio por sus
improvisados colegas. Este desprecio se acrecentaba si corría sangre africana por las venas de
estos oficiales antillanos, asunto bastante frecuencia en un país con una
abundante población negra y mestiza. Además, a estos hombres debió de golpearle
profundamente la existencia de la esclavitud en la isla y en general lo injusto
del sistema colonial.
En Cuba bruscamente se
encontraron en la misma situación que los cubanos. Eran gente de segunda
categoría a los ojos de los amos de la isla. La mayoría fueron pasados a retiro
y abandonados a su suerte. Al lado
de estos prepotentes y muchas veces ignorantes funcionarios y militares
coloniales los dominicanos se encontraron con otra realidad. La población
cubana le ofreció una comprensión y solidaridad cotidiana. Además se
encontraron con un grupo de cultos y sensibles terratenientes y profesionales
cubanos que debieron de causar una honda impresión en estos hombres de rudas
costumbres. Es de pensar los criterios que debieron de tener los hermanos
Márcanos de un hombre como Carlos Manuel de Céspedes. Educado en Europa de una
cultura poco común y al mismo tiempo cercano a la vida de los campesinos y
monteros orientales.
Estos hombres se
compenetraron con la población de la isla. Por ejemplo el Coronel Manuel Javier
Abreu estableció una escuela en Ti Arriba (32) Allí se incorporó al movimiento
revolucionario. También un sobrino de Manuel, llamado Francisco Javier Abreu
Licairac, se unió a la insurrección. Al igual que los hermanos Francisco y
Antonio Delgado. Todos murieron junto a Manuel en enero de 1869 combatiendo
contra España (33)
Máximo Gómez una de las
pocas leyendas reales que ha gozado la isla, expresó pocos meses después de su
llegada de Santo Domingo expreso a las autoridades que sus deseos respecto a
su ulterior destino son ser clasificados para su colocación en el Ejercito (español)
(34)
Gómez, en el momento de
levantarse en armas, ostentaba el grado de comandante de las Reservas de Santo
Domingo. Pese al desprecio que sentían las autoridades españolas por los
dominicanos, para los vecinos su incorporación a la revolución debió de
despertar muchos comentarios. Pero sobre todo ejerció un ejemplo desastroso
para el integrismo. (35)
Generalmente el impacto de
la guerra de Restauración en la revolución cubana se valora por el efecto económico
que causó en el tesoro de la isla. Esa aventura colonial fue sufragada por la
capitanía general de Cuba lo que incrementó las dificultades económicas de la
isla. También se considera como la influencia más decisiva en la revolución
cubana el destacado papel de un pequeño grupo de dominicanos que militaron en
las filas libertadoras.
Aunque ambos acontecimientos fueron muy importantes el
factor desestabilizador de la guerra de Restauración fue el acontecimiento en
sí. Es decir, la derrota de España por un país de condiciones bastante
parecidas a Cuba. Además, otro asunto en extremo importante es que fue
imposible ocultar la magnitud de la derrota en Cuba, en especial en la parte
oriental. Cada soldado trasladó a Cuba
una página subversiva imposible de acallar ni censurar. La imagen de la
derrota se grabó en la memoria popular cubana. La Restauración navegó en el
entramado social que alimentó el impulso del 68. Calixto García en una de sus
proclamas a los cubanos afirma que: Antes de mucho veréis el final de la
obra que empezó con el
cobarde abandono de Santo
Domingo seguirá con el de Cuba y concluirá con el de Puerto Rico último baluarte de la tirania goda en América. (36)
La guerra de los mexicanos
contra el imperio de Maximiliano es quizás una de las más esplendorosas y simbólica de las libradas por los
americanos. Ahora el rey derrotado no quedaba lloroso y asustado por la grave
perdida de sus colonias en un palacio europeo. Sino que era conducido por
indios y mestizos hasta un
paredón y sometido como
cualquier bandido de pueblo al desafío de la puntería de peones y vaqueros. No
se podía ni ocultar ni disminuir
el desastre en Cuba. Balandros y buques de porte hacían frecuentes viajes entre
la isla y tierra firme. Algunos de los derrotados en México escogieron a Cuba
por exilio.
Incluso la lejana guerra de
los países sudamericanos del pacífico contra España dejó alguna sombra sediciosa en la isla. Se dice que la
bandera chilena sirvió de modelo a la primera imaginada y confeccionada por los
sublevados. (37)
Por último dos monitores
adquiridos por el estado peruano en los Estados Unidos en marzo 1869 llegaron en su viaje hacia
Perú a la bahía de Bariay en las
costas cubanas al agotárseles el combustible. Allí fueron apoyados en
las labores de cortar y acarrear madera para sus calderas por el coronel insurrecto cubano López de Guereño.
Esto dejó una esperanza en los insumisos de que recibirían ayuda del Perú. (38) Julio Grave de Peralta el general
insurrecto que comandaba las fuerzas de esa zona hizo situar vigías en la costa
esperanzado con que los peruanos le remitieran algunas armas.
Los Estados Unidos también
jugaron un trasfondo revolucionario
en la masa de hombres y mujeres que tomarían el camino de la
independencia. Lo más interesante del asunto es que la misma España había
ayudado a divulgar el papel supuestamente sedicioso de la república anglosajona
del norte de América.
Narciso López había
organizado entre 1850 y 1851 dos expediciones para poner fin al dominio español
en Cuba. Estas se habían preparado en los Estados Unidos. En los momentos en que el venezolano
preparaba sus expediciones las autoridades españolas organizaron una gigantesca
operación en toda la isla que hoy llamaríamos de inteligencia militar.
La
sorpresiva ocupación de Cárdenas por el general venezolano, que al frente de
una expedición desembarcó en la referida bahía, creó un verdadero trauma en la
capitanía general de la Isla. Se incrementó la labor de inteligencia con el
establecimiento de vigías prácticamente en todas las costas. Estos debían de
estar en comunicación constante con los puestos militares y autoridades más
cercanas para lo que se abrieron trochas y caminos en los bosques. Se
establecieron pequeños puntos de observación en ensenadas y bahías que hasta
entonces apenas habían conocido la
presencia humana.
Toda esta actividad se
realizó con la población local. Los vecinos de cada comarca fueron
emplantillados en unidades encargadas de mantener esta vigilancia. Se explicó
públicamente sobre los planes de los enemigos de España. Según la propaganda
hispana se organizaban expediciones en la vecina república con entera
libertad. De esta forma en
apartados rincones de la isla se hizo popular la actitud nada amistosa de
Estados Unidos hacia España.
Se llevó a cabo una
sistemática propaganda por las autoridades denunciando públicamente el apoyo de
ese país a Narciso López y sus seguidores. Es posible que muchos de los vecinos
de estos apartados barrios rurales no tuvieran una definición muy clara de que
lo que eran los Estados Unidos. Una parte significativa de la población cubana
era analfabeta. A partir de aquel momento si bien es posible que no lograran
del todo intelectualizar el concepto donde estaba y que era aquella nación,
comprendieron la geografía
sediciosa del vecino del norte. Este espíritu de alarma ante la organización de
una expedición antiespañola en ese país continuó en boga por varios años.
Todavía en 1855 en la jurisdicción de Holguín fueron detenidos dos individuos
acusados de preparar las condiciones para apoyar la llegada de una expedición
desde ese país. (39)
Un ejemplo elocuente de las
dimensiones que había alcanzado, en la mentalidad popular, los Estados Unidos
como un posible aliado del pueblo cubano en una futura guerra contra España fue
el movimiento de Joaquín de Agüero. Uno de los acontecimientos políticos que
más impactó a la sociedad criolla del oriente de la isla fue esta fracasada
conspiración. A diferencia del de
Narciso López que se desarrolló en el occidente de la isla y con la
participación fundamentalmente de extranjeros. La sublevación de Agüero no solo
se efectúo en la comarca oriental, sino que en el estuvieron comprometidos
varios individuos pertenecientes a antiguas familias criollas. En este movimiento
también estaba el papel sedicioso de los Estados Unidos. Uno de los detenidos
por aquellos acontecimientos declaró que el objetivo de la conspiración era:
“...romper el yugo
del gobierno de España para hacerse
independiente
y contaba al logro de este proposito con fuerzas que vendrian de los
Estados Unidos y con las de ellos mismos; pero que para esto era
necesario que en cada pueblo de la
Ysla hubiera una junta para que
esta se entendiera con la de Puerto Principe y obrase de acuerdo con
el Plan...” (40)
Si la afirmación sobre la
participación de fuerzas procedentes de los Estados Unidos era cierta o no poco
importa. Lo real es que tal criterio se manejaba por la población local como
una posibilidad. Por último la guerra civil estadounidense que puso fin a la
esclavitud debió también de causar un impacto en la sociedad cubana. Por lo
menos había una preocupación de las autoridades españolas para evitar que el
ejemplo se extendiera en la isla. En Santi Espíritus fue detenido un ciudadano
italiano que vendía unas láminas con la figura de Abraham Lincoln dándole la
libertad simbólicamente a un grupo
de esclavos.
De esa forma fue llegando a la población cubana información
sobre la potencial actitud de apoyo de los Estados Unidos a una sublevación
independentista cubana. Pero la imagen creada en una parte de la población
cubana y en especial en estas comarcas del oriente del país era que podían
contar con un aliado en el vecino del norte.
Es posible que esto explique la actitud de la dirección
revolucionaría de solicitar la anexión a los Estados Unidos. Para la mayoría de
esta gente el vecino del norte era un viejo conocido. La posterior actitud del
gobierno de los Estados Unidos acabaría mostrando que los intereses de ese país
eran apoderarse de Cuba no lograr su independencia.
En menor medida Gran
Bretaña aparecía ante la imaginación popular como un potencial aliado. En este
criterio debió de influir la posición antiesclavista de ese país. En 1844 David Turmbull que había sido
cónsul de Gran Bretaña en La Habana visitó Gibara. Estaba tras el rastro de un grupo de negros de
las Antillas inglesas que habían sido trasladados como esclavos a ese
territorio. El valiente y generoso escocés llevó a cabo una intensa búsqueda de
aquellos infelices enfrentándose a los funcionarios y testaferros coloniales.
Las autoridades locales acabaron por detenerlo y expulsarlo del país. Es
posible que ese acontecimiento dejara alguna huella en la memoria popular. Pero
en esencia la actitud antiesclavista de Gran Bretaña comentada y conocida con
ejemplos concretos de barcos negreros apresados debió también de calar en el
criterio popular. Estamos en un territorio donde la esclavitud no era
importante económicamente.
Es por esto que en un inicio los sublevados creyeron que su causa recibiría apoyo de los
Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países. Pero esto no fue solo criterio de la élite de cultos
terratenientes que encabezó la sublevación. La opinión caló en líderes locales.
En este sentido se puede
valorar las palabras de uno de los caudillos de la frustrada sublevación que se produjo en Guantánamo en
1868. Uno de los detenidos relató a las autoridades hispanas las palabras del insumiso:
“ En el Norte de América
públicamente se estaba reclutando
gente para ayudar a los revolucionarios, que ya habia mas de seis mil hombres que
estaban para llegar de un
momento a otro...” (41)
El mismo líder en su arenga
puso en evidencias las esperanzas puestas en la Gran Bretaña. En su discurso el
insurrecto afirmaba que un buque español iba a bombardear una población
controlada por los revolucionarios: “ ...pero una fragata inglesa le dijo al
citado general que si
bombardeaba (...) lo bombardeaba a él”. (42)
Tal asunto es incierto. Los
revolucionarios no llegaron a controlar ningún puerto. Ni ocurrió el incidente
referido. Pero lo importante es que aquella gente lo creía. Se tenía en general una confianza desproporcionada en las buenas
intenciones de otros estados. El referido líder guantanamero expresaba: “ ...... que las naciones estranjeras
aconsejaban a España por un
tratado comercial que abandonase
la isla porque si asi no lo hacia
la revolución triunfaría de todas maneras...” (43)
La imaginación popular
extendió sus alas. Hay referencias a imaginarios desembarcos de fuerzas
procedentes de los Estados Unidos. Incluso se creyó entre los revolucionarios
que un buque había bombardeado en
diciembre de 1868 el puerto de Gibara. (44)
Tales noticias debieron de
ser un incentivo para los sublevados. Tendía a justificar el alzamiento. No era
este una sublevación en un apartado rincón del imperio español de un grupo de
desconocidos terratenientes y campesinos. En la imaginación popular,
tradicionalmente febril en el oriente de la isla, el movimiento sería
reconocido por grandes potencias. Todo esto le daba un trasfondo de seguridad y
en especial de legalidad. Era una forma de convencer y atraer a los indecisos
de sumar hombres y voluntades a la revolución. Era en fin un mecanismo del
alzamiento. Aunque había un pequeño problema. Tales criterios eran puramente
imaginativos. Los revolucionarios cubanos estaban solos como siempre ha
ocurrido con los antillanos en sus luchas de liberación. ¿Podríamos considerar que fueron estas
pérfidas invenciones de los insurrectos para atraerse a los timoratos?. Es
posible que algún avispado caudillo local propagara tales criterios con el
objetivo de fortalecer la revolución. Pero en ocasiones al estudiar el pasado
creemos que muchos asuntos ocurrieron por decisiones y voluntad de los
protagonistas. Sin embargo lo real es que en la vida cotidiana y en especial en
momentos de revolución muchos acontecimientos se forjan y precipitan sin
planificación ni lógica alguna. En ocasiones ni los mismos beneficiados con el
asunto tienen nada que ver con ello. En este caso era necesario creer en el apoyo internacional y este se
produjo en la imaginación popular.
Lo importante para
comprender los aspectos subjetivos y los hechos que influyeren en un período
determinado no es tanto determinar lo que era cierto y lo imaginario sino en
ocasiones lo que se creía.
Todos los intentos de
aislar la isla de malas influencias fracasaron abruptamente cuando el 10 de
octubre de 1868 un terrateniente cubano proclamó la independencia de la isla.
Fue burla mayor para los hispanos el que las guerras no estallaron entre la
multitud esclavizadas de negros y mulatos. Fueron gente blanca y amable, muchas de ellas educadas en
universidades europeas, hijos de ilustres familias llegadas a estos predios en
los inicios de todo. Poetas, músicos y escritores sensibles un día encabezaron a una multitud
dominada por instintos feroces. Propietarios de emboscadas
traicioneras donde eran cazados con sadismo los infantes del rey.
CITAS
1. Manuel Moreno Fraginlas, El Ingenio,
Editorial Ciencias Sociales, La
Habana, 1978, tomo 3, p.p 35 – 38.
2. Idem p. 45.
3.
Instituto de Historia de Cuba, Las luchas por la Independencia Nacional y las transformaciones estructurales
1868- 1898, Editora Política, La Habana, 1996, p 151,
4. Roberto Cassá, Historia Social y Económica de la República
Dominicana, Editora Alfa y
Omega, Santo Domingo, República Dominicana, 1989, Tomo 2, p 91.
5. Jorge Ibarra Cuesta, Ideología Mambisa, Instituto
Cubano del Libro, La Habana, 1972, página 41.
6. Censo de la República de Cuba bajo la
administración provisional de los Estados Unidos 1907, Oficina del Censo de los
Estados Unidos, Washington, 1908, p 30.
7. Emilio Cordero Michel,
Características de La Guerra de Restauración. Inédito
8. --------------------------, La Revolución
Haitiana y Santo Domingo, Editora Buho, Santo Domingo, Republica Dominciana,
2000, P 91.
9.
Manuel R. Moreno Fraginals y Jose J. Moreno Masó, Guerra, migración y
muerte. El ejército español en Cuba como via migratoria, Ediciones Jucar, Fundación Archivos de Indianos,
Asturias, pp 99 y 132.
10. Jorge Castel. Anexión y
Abandono de Santo Domingo, 1861 1865 Cuadernos de Historia de las Relaciones
Internacionales y Política Exterior de España, Madrid, 1954, p 32.
11. Casa
Natal de Calixto García. Centro de
Documentación de las Guerras de Independencias. Documento 23
12. Raúl Izquierdo
Canosa, Viaje sin Regreso.
Ediciones Verde Olivo. Ciudad de La Habana,. 2001, p. 125.
13. Feliz
de Echauz y Guinart. Lo que se ha hecho y lo que hay que hacer en
Cuba. Breves Indicaciones sobre la Campaña. Habana. Imprenta de la Viuda de Soler y Compañía, Ricla 40, 1873, p.
17.
14. Idem,
p18.
15. Archivo Histórico Militar de Segovia. Ponencia de Ultramar.
Cuba 28. Legajo 6.
16.
Instituto de Historia de Cuba. La Colonia Evolución Socioeconómica y
formación nacional desde los orígenes hasta 1867, Editora Política, La Habana
1994, p. 467.
17. Jorge Ojeda y Jorge Canto. La aventura imperial de España en la
revolución haitiana. Impulso y dispersión de los negros auxiliares: El caso de
San Fernando de Ake, Yucatán. En Secuencia, Revista de Historia y Ciencias
Sociales, Instituto Mora México,
enero abril 2001, pp 74 - 75.
18.
Emilio Cordero Michel. Características de la Guerra Restauradora.
Inédito.
7. Emilio Cordero Michel,
Características de La Guerra de Restauración. Inédito
19. ANC. Fondo: Asuntos Políticos. Caja
227. Número 6.
20. Emilio Cordero Michel. Características
de la Guerra de Restauración. Inédito.
21. ANC. Fondo: Asuntos Políticos. Caja 227. Número. 8
22. Idem
23. Idem. Número 6.
24. Emilio Rodriguez Demorizi, Hojas de
Servicio del Ejército Dominicano. 1844 1865. Editorial del Caribe C. Por A.
Santo Domingo, R.D. 1968, T 2, p 96 y 103.
25. Archivo Nacional de
Cuba. Fondo Comisión Militar. Legajo 126, Número 12.
26. Emilio Rodriguez
Demorizi. Hojas de Servicio del Ejército Dominicano. 1844 1865. Editorial del Caribe C. Por A. Santo
Domingo. R.D. 1968, T 1, p 175, .
27. Idem , p. 121.
28. Idem, p. 132.
29. Idem, p. 248.
30. Idem, p. 50.
31. Idem, p. 50.
32. Idem, p. 51.
33. Idem p. 51.
34. Idem. p 168.
35. Idem p 175.
.36 Antonio Pírala Criado, Antonio. Anales de la
Guerra de Cuba. En tres volúmenes Imprenta F. González Rojas. Madrid 1895-1898.
T 1 p 763
37.
Fernando Portuondo del Prado Y Hortensia Pichardo Viñals. Carlos Manuel de Céspedes.
Escritos. Editorial de
Ciencias Sociales. La Habana. 1974.
T. I, p 62.
38.
Archivo Particular de Andres Cue Bada. Santiago de Cuba
39. Archivo Nacional de
Cuba. Fondo: Comisión Militar Ejecutiva y Permanente. Legajo 123. Número 1.
40. Idem. Legajo: 100
Expediente: 4. Folio: 118.
41. Idem. Legajo: 126.
Número: 12
42. Idem.
43. Idem.
44. Museo Provincial de Holguín.
Fondo:
Julio Grave de Peralta. Libro de Borradores.
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